Archivo de la etiqueta: moral

Dioses de la inmortalidad.

 

En medio del relativismo moral que ha impuesto la sociedad postmoderna del siglo XXI las profundas preguntas que, en otro tiempo, buscaban el sentido último de nuestra existencia parecen, hoy,  haber perdido todo interés. ¿Quiénes somos? ¿Para qué somos? ¿A donde vamos?

En la conciencia social actual todo da igual, y el hombre, ciertos hombres en realidad, se han erigido dueños de los destinos comunes de toda la humanidad, sin que a ésta parezca preocuparle lo más mínimo ni qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, ni qué hijos vamos a dejar a este mundo.

Los grandes mitos de las aberraciones históricas han caído. Los grandes horrores contra la humanidad ya no lo son. ¿Que quienes somos?; ¿Y qué más da?: “lo que algunos quieran que seamos con tal que nos dejen hoy casi en paz.”

Y es que en medio del sistemático genocidio del humano no nacido, de la aberrante diferencia entre las sociedades ricas y pobres que dejan cada día más de 15000 niños (éstos si nacidos) muertos por causas directas del hambre, de la pérdida moral y de principios que un día sustentaron y dieron esperanza a los que con su trabajo hicieron posible nuestra existencia presente; en medio de la aberrante inmoralidad transmutada contemporaneamente desde Sodoma y Gomorra, nadie (salvo unos pocos cada día más raros y radicales) se pregunta por la verdad de nuestra existencia y por la verdad de nuestra identidad.

La antropología cristiana ha ofrecido durante casi 2000 años una respuesta fundamental a nuestra existencia, dignidad e identidad: somos imagen del Dios creador, frutos de un acto de amor, somos amados y nos ha sido dada la existencia para encontrar el amor y realizarnos en el amor, y alcanzar más allá de este espacio y este tiempo la vida eterna divinizada en el amor.

Sin embargo, la respuesta del amor no convence a los poderosos, aterra a los promiscuos y crea un pusilánime rechazo en una mayoría social convencida de que el hedonismo y el nihilismo son verdaderos caminos de felicidad.

Sí, debemos pensar que estas actitudes son normales, incluso justificadas, pero solo en aquellos que han optado por excluir el verdadero Amor de sus vidas. Porque claro, aceptar a ese Dios Padre y creador de todas las cosas, a ese Dios que es Amor, significa limitar el poder de los poderosos, repartir lar riquezas de los ricos, imponer la paz frente a los intereses de algunos, erradicar el egoísmo, la envidia y la soberbia, y con ellos el hambre, la guerra y la desigual dignidad de los seres humanos.

Pero el mundo va por otro camino. Hace unos días científicos ingleses han solicitado que se les autorice la experimentación genética con embriones humanos. Esta solicitud reconoce implícitamente que ya experimentan con seres humanos en estado embrionario, aunque aún no genéticamente. Sus razones eran de peso: es necesaria la manipulación genética en embriones humanos para seguir avanzando en las investigaciones de multitud de proyectos, y además, ¡los chinos ya lo están haciendo!

Y lo grave no es esto. Lo grave es que no nos importa, que esta noticia pasa inadvertida ante la indiferencia de la mayoría. Que alguien ha decidido que los embriones humanos no son humanos, o que no tienen derecho a la vida y a su propia identidad; ¿y qué?, responde la mayoría.

Algunos deciden en cada momento lo que somos o podemos ser y no nos importa. Llegaremos a subir con placer, como corderos llevados al matadero, en aquellos vagones que un día se dirigieron hacia Auschwitz.

Algún día alguien decidirá que los concebidos in-vitro, o en placenta artificial, o los que nazcan y nadie los quiera, o los altos, o los bajos, u otra vez los judíos, no son más que “agnates” y comercializarán sus órganos, o los esclavizarán, o los exterminarán; ¿y qué?, contestara la mayoría.

Porque al ser humano le da igual ya ser humano, y está dispuesto a ser lo que otros decidan que sea. Inventemos pues “hamburguesas de colores para niños de Sodoma”. Niños que no son niños, porque falló el genetista y tienen 3 orejas o 4 ojos.

Si Dios ha muerto, el hombre se erige en el propio Dios de su destino y existencia. Pero el árbol de la vida quedo atrás, en el Paraíso, custodiado por querubines y la llama de espada vibrante. Quizás por ello tanto interés en pervertir la moral y las conciencias hasta de los mismos ángeles. Quizás ese es el único interés de los poderosos capaces de destruir el mundo y a todo ser humano con tal de descubrir el Santo Grial, la panacea de la vida, el gen del rejuvenecimiento y la inmortalidad. Solo eso les falta para creerse verdaderos dioses de la inmortalidad.

 

 

El mal absoluto!

Denunciaba hace años, uno de los políticos más insignes del siglo XX, que engañados y convencidos por el criterio del voto útil, de la elección del mal menor, los católicos españoles hemos contribuido a traer para España el “mal absoluto”. El tiempo no le ha quitado la razón.

Porque, tal como profetizaba, con el voto católico se ha apoyado a lo largo de estas décadas demócratas una política degradante y anticristiana que ha paganizado la sociedad, destruido la moral tradicional y puesto en trance de fragmentación y lapidación las glorias de España y la propia unidad nacional. Y para España no hay otro mal mayor que el de su propia liquidación.

Sí, porque somos católicos, católicos españoles, católicos votantes que a través de nuestro voto hemos expresado nuestra voluntad de participar activamente en el desenvolvimiento de esta plaga maligna  e infernal que como vasto banco de oscura niebla empaña el horizonte social y católico que se vislumbra para nuestra nación. Ya lo hemos dicho tantas veces: ” España, no se entiende de otra manera, es católica por su propia constitución, es católica en su raíz y fundamento, en su esencia y cultura, y nada ni nadie podrá jamás borrar la realidad histórica de esta España gloriosa de santos, mártires y defensores de la única y verdadera fe.”

El mal que hoy padecemos es el mal absoluto del que tantos y tantas veces nos advirtieron: cuatro millones de parados, más de un 30% de la población bajo el humbral de la pobreza, más de cien mil con niños asesinados cada año antes de su nacimiento, índices de suicidios ocultados por su carácter extremadamente alarmante, Cristo despreciado y vilipendiado públicamente, jóvenes educados bajo una moral promiscua y degenerada, fobia anticristiana  promocionada desde los poderes mediáticos, inversión moral y contra natura, una nación endeudada y dependiente de la financiación internacional, nivel de endeudamiento familiar jamás conocido que convierte a las familias en esclavos de sus deudas, la amenaza continúa de la desfragmentación nacional que llevará a la ruina y desgracia más profunda a todos los españoles de hoy, de ayer y del mañana.

¿Qué otro mal cabe esperar? Cualquier empeoramiento de la situación no puede sino que ser ya esperanza de un nuevo regenerar, no puede ya sino suponer un golpe ineludible en las conciencias católicas españolas que por fin las haga despertar de su letargo, no puede sino alertar a las jóvenes generaciones del funesto proceder de sus mayores para que de alguna forma puedan reconstruir la esperanza nacional que hoy parece pérdida.

Y a nosotros parece que sólo nos resta soñar a España, mientras nos dejen soñar porque hasta nuestros sueños son perseguidos. A nosotros no nos queda sino que embuir en semillas de historia esa España que fue, es y soñamos será, para que el día que encuentre una tierra joven y fértil que las albergue, renazca para siempre esa España grande y gloriosa que Dios nos dió y a la que el enemigo siempre intentó destruir sin decanso. Sin dejar un momento de olvidar que “la virtud más eminente es la de hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.”

España se nos muere entre las manos. Nos duele España, soñamos a España, lloramos a España y miramos al cielo queriendo contemplar ese reinado que el mismo Cristo realizó.

¡Cristo reina, de Cristo es la Victoria! ¡Viva España!

 

¡Con claridad y sencillez!

Quiero exponer con claridad y sencillez algunas cuestiones que vienen siendo discutidas para mayor confusión de los creyentes:

– Entre católicos no existe otra unión conyugal válida que la Contraída por medio del Sacramento del Matrimonio, es decir, el único matrimonio válido es el Sacramental.

– Para los católicos no existe el divorcio. El Matrimonio es indisoluble. Se acepta la resolución civil como medio de regularizar las materias económicas y civiles entre los cónyuges, pero ello no afecta al vínculo matrimonial.

– Cualquier relación sexual realizada fuera del Matrimonio (adulterio, fornicación) es contraria a la ley de Dios y por tanto grave pecado mortal.

– Todo aquel que se haya en pecado mortal no puede acceder al Sacramento de la Eucaristía, pues tal como dice San Pablo, tragaría su propia condenación.

– El que ha celebrado Matrimonio católico, y cuando éste no hubiera sido declarado nulo, y vuelve a unirse con otra pareja distinta a su cónyuge, comete adulterio, grave pecado mortal, si tal situación fuera pública también el pecado sería público (agravante).

– Para acceder al Sacramento de la Eucaristía, hallándose en pecado mortal, es requisito indispensable recibir la absolución a través del Sacramento de la Reconciliación .

– Para recibir la absolución en el Sacramento de la Reconciliación es indispensable el arrepentimiento, la contricción y el propósito de enmienda.

– Todo católico que ha contraído Matrimonio Sacramental tiene el derecho a que la Iglesia declare si este fue nulo por alguna de las causas previstas. Este derecho se convierte en deber cuando el cónyuge a decidido unirse a una nueva pareja.

– Los Sacramentos no son discutibles. Los 7 Sacramentos son de Institución Divina, no son producto del Magisterio eclesial, son fundamento indeleble de la Santa Iglesia Católica que el mismo Cristo instituyó como Sacramento Universal de Salvación.

– Las discusiones y opiniones sobre el problema de los divorciados vueltos a unir en uniones civiles o naturales no es una cuestión de normas, sino de Sacramentos, de pecado y de la salvación de las almas.

– No omita nadie las palabras de Jesús que, siempre antepuso la misericordia a cualquier debilidad humana, pero, no desdeñó la verdad de la gracia: “Vete y no peques más”.

Confundir con la polémica!!!

Siempre he creido que los polemistas crean más confusión que la luz que pretenden aportar a la cuestión ante la que se levanta la polémica.

Hoy, en medio de la confusión doctrinal a la que nos enfrentamos los católicos, sólo la fidelidad a la doctrina, expresada autenticamente en el Magisterio de la Iglesia, puede disipar cualquier atisbo de confusión. Catecismo, caticismo y más catecismo, frente al relativismo para el que todo es opinable, en cuestiones de doctrina, el católico reclama el “Catecismo”.

Es una lástima, que tantos pastores católicos, a los que les coresponde ministerialmente la funcion de enseñar, aconsejar y aclarar bajo la luz de la única doctrina que el mismo Dios Encarnado transmitió al colegio apostólico y asentó sobre la piedra de Pedro, se dediquen a confundir, más si cabe, al rebaño, hoy más que nunca inquieto y en ocasiones tan azorado.

Viene esa gran confusión a poner en tela de juicio el Sacramento del Matrimonio, ante la situación, siempre difícil y delicada, de los católicos divorciados y vueltos a unir en otras convivencias civiles o naturales.

Y venimos a confundir al pueblo, que no entiende mucho de teología bibliotecaria pero que tiene mucho más sentido común del que muchos desearíamos en nuestras casas, entremezclando los términos de excomunión con el de comunión referido a recibir el sacramento de la Eucaristía.

Y la doctrina es Una, y la Verdad es también Una.

Tanto el católico divorciado y vuelto a rejuntar con otra pareja, como el adúltero casado, como el que convive sin estar casado, como el que simplemente se haya en pecado mortal, no pueden acceder al sacramento de la Eucaristía, sin antes haber regularizado su situación, pues como advierte San Pablo, despreciar de tal modo el Santo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo puede llevarnos a tragar directamente nuestra perdición.

La excomunión es otra cosa. El pecador, cuando hablamos de pecado mortal, no queda excomulgado por pecar (salvo en algunos casos abominables como es el asesinato del no nacido), en todo caso, repito en todos los casos, debe acudir al Santo Sacramento de la Reconciliación para ser perdonado por Dios y reconciliarse con la Iglesia.

Y es que aquí, pecadores somos todos. No por presentar más dramaticamente una situación se va a tener más razón. Y si nos encontramos en pecado mortal, no debemos comulgar, y si el ministro de la comunión tiene conocimiento seguro de la situación tiene la obligación de negar la comunión material, al igual que tambien tiene la obligación de acoger al pecador (pecadora de La Laguna leo en otros lares) sea cual fuere la naturaleza de su pecado y facilitarle la comunión espiritual y el camino a la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Y es que yo no entiendo tanta polémica con los casados sacramentalmente, divorciados civilmente y vueltos a unir en otras relaciones de pareja sea natural o civilmente. Si somos católicos, no podemos renunciar a la verdad, y Jesucristo indicó bien explícitamente esta situación hasta el punto que Pedro exclamara ¡Y así, no conviene casarse!

Pero la situación real es de no fácil solución, pero si de sencillo encauzamiento. Un buen amigo, experto canonista donde los haya, me manifestaba el otro día que a buen seguro, en nuestros días, el 95 % de los matrimonios mirados con lupa tienen causa de nulidad (si no se hubieren renovado debidamente las promesas matrimoniales); y es que la simple exclusión del “bonus connubi”, del bien de los cónyuges, entre otros múltiples posibles motivos, presenta causa de nulidad matrimonial. Y si resulta que el matrimonio es nulo, pues que se anule, y se preste mayor atención, que es Sacramento y la merece, n la nueva unión Sacramental que el buen católico y sus hijos merecen.

Y yo pregunto ¿Por qué no se simplifica, facilita, y si es necesario se protocoloriza, el aun complejo proceso de nulidad canónica? ¿Por qué los Pastores en vez de crear y recrear confusiones que acrecentan el sufrimiento de la Iglesia toda, no encaminan a sus fieles incursos en tan terribles trances a regularizar su situación sacramental? ¿Por qué toda la atención se centra en solicitar que los divorciados vueltos a rejuntar puedan acceder al Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo como si tal cosa, como si la simple voluntad suprimiera los efectos del Sacramento del Matrimonio, cómo si la comunión en el Eacramento de la Eucaristía fuera cualquier cosa? ¿Por qué los católicos, en general, que se enfrentan al problema de la separación en el matrimonio, acuden antes al abogado que al cura a pedir consejo? ¿Por qué el divorciado no escatima tiempo y esfuerzos en regularizar su situación civil pero desprecia la regularización de su situación canónica?¿Por qué el juzgado civil llega a ser lugar común en la vida del católico y el Obispado un extraño? ¿Por qué no hablamos de implementar una verdadera pastoral sacramental exigiendo la formación y el noviazgo preceptivos para el acceso al Santo Sacramento del Matrimonio? ¿Por que ese enconado esfuerzo en dejar en poca cosa lo que es Sacramento, elevado por Cristo a acción divina: “lo que Dios ha unido no lo separe el Hombre”? ¿O es que también nosotros queremos hacernos protestantes, y esperamos comenzar por acabar con el Sacramento del Matrimonio para continuar después con el que nos plazca?

No es una cuestión de “traditio”. Es una cuestión que afecta a la propia palabra del Evangelio y al fundamento más profundo de la Iglesia Católica, que son los Sacramentos cuya institución divina, los católicos, reconocemos.

¿Miedo a los cismas? Ninguno. Siempre ha habido cismas, de hecho la cismática iglesia anglicana se separo de la Iglesia Católica por no admitir esta el divorcio del Rey, y muchos ingleses pagaron con su vida el permanecer junto a Roma antes que junto al rey.

¡Miedo, quizás, a que no se produzcan los cismas! Aunque miedo, ninguno, porque Cristo va en esta barca, aunque algunos crean que parece dormido.

http://psantodomingosavio.arquibogota.org.co/media/27/sacramentos-img/vitral-sacramentospng-2_1024.png

 

Yo es que soy de pueblo!

nuestra-ciudadania

Parece que andan algunos muy avenidos a las ciudadanías y a las  ecológicas de nuestros días, parecen estar de moda, despreocupados por el único negocio que nos debe interesar en este nuestro transir terreno, la salvación de nuestra alma, primero , y la de cuantos Dios ponga bajo nuestra responsabilidad en continuidad.

Desde chico, los de la Capital, de provincias claro, nos llamaban pueblerinos a los que de los municipios nos acercábamos a la minimetrópolis a estudiar.

Hoy me han impuesto el término ciudadano, como si mis raíces entrañables de pueblo pesquero y agricultor hubieren que desdeñarlas. Parece que la ciudadanía fuera incontestable, parece que las tesis zapateristas impuestas a base de zapatazo deban prevalecer por encima de cualquier moral u opción personal de cosmovisión nacional, parece como si una vez más los derrotados sigan zarandeando hasta que los victoriosos acaben rindiéndose.

Acudo a mi querido Diccionario de la Real Academia Española, o a lo que queda de él, y como las dos primeras acepciones hacen referencia a la ciudad, deeberé de quedarme con otra de las tres. No me es aplicable la de “hombre bueno” pues uno solo es bueno. Tampoco puedo renunciar al trabajo manual que curtió mi juventud ni al origen caballeresco de mis ancestros. Debo pues solo admitir la acepción de ciudadano en esa que el DRAE presenta como “habitante de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país.” Aunque también esta última de poco me vale pues derechos políticos pocos me son reconocidos y eso de ejercitarlos en el gobierno del país ya me causa carcajada.

Así pues, si solo de derechos políticos de los que soy sujeto se me puede aplicar la acepción de ciudadano, esa que debiera ser mi cualidad de “ciudadanía”, concepto liberal y revolucionario burgués donde los haya, pues veremos como queda.

Habermans asegura que”la ciudadanía no ha estado nunca ligada conceptualmente a la identidad nacional”.  Aunque realmente para hablar con propiedad de ciudadanía deberíamos referirnos a los múltiples modelos de ciudadanía desarrollados, y no solo al concepto de ciudadanía occidental que es el modelo impuesto por el neoliberalismo dominante.

Ya San Agustín presentaba esa dicotomía a la que se enfrentaba el cristiano en su peregrinar terrestre: la ciudad terrena y la ciudad de Dios. Dicha dicotomía estaba resuelta en su planteamiento por el propio Jesucristo, aquél único en quien tenemos puesta nuestra esperanza, cuando nos anunciaba que nosotros no somos del mundo y pedía al Padre no que nos sacara del mundo sino que nos librara del maligno.

Nosotros esperamos una verdadera ciudadanía celestial, porque esa es la patria a la que hemos sido llamados, y con los pies bien puestos en la tierra reconocemos nuestra nacionalidad, pues esta patria terrena en la que Dios ha querido dar la existencia, España, es el vehículo histórico del destino de nuestra salvación.