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Amor a Cristo y misión del cristiano en el mundo

El amor a Jesucristo, la amistad con Él, implica cumplir con determinados preceptos al decir  del mismo Señor: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama” (Jn 14, 21),  “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 14). Además, hay una imposibilidad de ruptura en la relación de amor con Cristo cumpliendo su voluntad “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn. 15, 10).  Jesús, en sus últimas palabras, añade una proyección social más explícita que se relaciona con su último mandato “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio” (Jn. 16, 15).  Ésta es una misión que está encomendada a todos lo cristianos.

Dentro de la misión común, cada discípulo de Jesús va concretando el modo de cumplir con ella según estados de vida, circunstancias, etc. Conocemos el diálogo de Cristo, después de resucitado, con san Pedro (Jn. 21, 15- 19), que especifica con toda claridad no sólo su particular responsabilidad, y la de sus sucesores, sino el orden de prelación de la relación personal con el Señor y la misión. Por tres veces le interroga sobre el amor hacia su divina persona ¿Pedro me amas? La repuesta del apóstol es clara y pronta. A la que Jesús añade como mandato apacienta mis ovejas. Primero el amor, luego la misión. Porque me amas te encomiendo mi rebaño. Todos aquellos que aman al Señor han de cumplir con una misión. La de san Pedro está bien definida, pero ¿y la nuestra?

En este querer cumplir con la voluntad de Jesús, con la misión que nos encomienda, encuadramos todo nuestro quehacer en el mundo, en la sociedad. Igual que el amor de Dios impregna toda nuestra realidad, el amor al Dios encarnado, muerto y resucitado, ha de empapar la actividad de cualquier cristiano comprometido. No se puede dejar de ser cristiano en ningún aspecto ni por atraer simpatías ni por querer consensuar con el mal objetivo. Los mártires son un buen testimonio del deseo de nunca posponer la voluntad de Dios a la de la veleidad mundana. Por todo ello, hemos de tener clara la idea de que un abogado o un médico o un albañil o un político no dejan de ser católicos en el cumplimiento de sus deberes personales, familiares, laborales y sociales. No es un profesional católico sino mucho más un católico que realiza una determinada profesión. Lo sustantivo es su condición de católico.

El amor a Dios no puede tener, en mi existencia, compartimentos estancos, lo amo en todo lo que hago y, en consecuencia, cumplo con su Voluntad. La peligrosa división, que muchos realizan entre su vida privada, plena de religiosidad, con respecto a su vida pública donde tienen más fuerza las corrientes de pensamiento relativistas en boga, no deja de ser perversa. Los llamados políticos católicos, que conviven y gobiernan con leyes totalmente contrarias al orden natural de la creación, al Evangelio y al Magisterio Católico, son buena muestra de lo expuesto.

No me extraña, por tanto, que, ante tanta claudicación en sus deberes de los políticos católicos de los partidos mayoritarios, se haya alzado la voz de católicos de toda condición y pertenecientes a un amplio espectro de carismas religiosos, en un manifiesto, apoyando a unos católicos que desean actuar en política para cumplir con una misión más, pero importante, que entra dentro del mandato del Señor de Evangelizar todas las realidades desde la Caridad. No son poseedores sino servidores de la Verdad, no imponen sino proponen unos valores y principios, no intentan agotar lo que es inagotable sino poner su granito de arena, y todo ello en medio de una gran crisis moral. Entre los firmantes del manifiesto, he descubierto hasta algún sacerdote. Como escribiría, en su día, el entonces Arzobispo Pamplona Mons. Sebastián, un grupo de personas que quieren ser testimonio de su Credo y de la Doctrina Social de la Iglesia han de contar con el respeto de todos. Creo que AES (Alternativa Española) se ha ganado estos apoyos merecidamente. Que Dios les ayude a mantener la batalla por la vida, la familia, las raíces cristianas de nuestra civilización desde el amor a Dios, a su Voluntad y a la misión que Jesús nos encomienda a todos.

ya.com

 

Paradoja entre paradojas!

No le corresponde a la Iglesia como tal desarrollar un completo programa político o un modelo social determinado como únicas vías de realización humana en el divino proyecto de la Creación.

Pero la Iglesia Católica tiene una completa Doctrina Social y Política promulgada y asentada a través de su Magisterio. Doctrina desarrollada en infinidad de decretos, declaraciones, exhortaciones episcopales y demás documentos eclesiales. Doctrina Social y Política que se estudia y analiza a través de programas universitarios de especialización.

Sin embargo, tanto trabajo, esfuerzo y atención, no obtienen sus frutos en el campo de la política nacional. No hay opciones políticas católicas que asuman las directrices doctrinales y se dejen iluminar en sus programas por el compendio de la Doctrina Social y Política Católica. Y, paradoja entre paradojas, si las hay, son despreciadas y marginadas en primera instancia por las mismas estructuras y jerarquía eclesiales.

Pero nosotros, católicos que aspiramos a la Vida Eterna, en medio de la tempestad y en huracán seguimos confiando en Áquel que bien sabemos no dejará que la barca naufrague. A pesar de que a veces parezca dormido, y la barca a punto de zozobrar.

Bajo el vínculo de Cristo.

“La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

La indicación que San Pablo hacía a los Colosences es hoy también apropiada para cada uno de nosotros.

Bajo el vínculo de Cristo, como miembros de la Iglesia instituida por Él mismo, no podemos sino que enseñarnos unos a otros y corregirnos cuando sea necesario en favor de la unidad tan querida y deseada por Jesús.

Pero esta Palabra en la que nos debemos instruir y corregir, no es palabrería sujeta a nuestra  opinión e interpretación. Esto es, por otro lado, lo que llevó a Lutero a provocar el mayor cisma, la peor victoria infernal, en perjuicio de Cristo y la Iglesia; otra batalla.

La Palabra de Dios, la Palabra del Señor fue trasmitida y depositada en el seno de la Iglesia naciente, y ella, a través de los siglos, por medio de sus Santos, Doctores, Padres y Pontífices, la ha interpretado lícita y acertadamente y la ha trasmitido indeleble hasta nuestros días.

Así, para nosotros católicos no cabe opinión o interpretación que no se ajuste al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia. Caer en esta tentativa es seguir a Lutero y protestar con el y contra Él.

¡Con claridad y sencillez!

Quiero exponer con claridad y sencillez algunas cuestiones que vienen siendo discutidas para mayor confusión de los creyentes:

– Entre católicos no existe otra unión conyugal válida que la Contraída por medio del Sacramento del Matrimonio, es decir, el único matrimonio válido es el Sacramental.

– Para los católicos no existe el divorcio. El Matrimonio es indisoluble. Se acepta la resolución civil como medio de regularizar las materias económicas y civiles entre los cónyuges, pero ello no afecta al vínculo matrimonial.

– Cualquier relación sexual realizada fuera del Matrimonio (adulterio, fornicación) es contraria a la ley de Dios y por tanto grave pecado mortal.

– Todo aquel que se haya en pecado mortal no puede acceder al Sacramento de la Eucaristía, pues tal como dice San Pablo, tragaría su propia condenación.

– El que ha celebrado Matrimonio católico, y cuando éste no hubiera sido declarado nulo, y vuelve a unirse con otra pareja distinta a su cónyuge, comete adulterio, grave pecado mortal, si tal situación fuera pública también el pecado sería público (agravante).

– Para acceder al Sacramento de la Eucaristía, hallándose en pecado mortal, es requisito indispensable recibir la absolución a través del Sacramento de la Reconciliación .

– Para recibir la absolución en el Sacramento de la Reconciliación es indispensable el arrepentimiento, la contricción y el propósito de enmienda.

– Todo católico que ha contraído Matrimonio Sacramental tiene el derecho a que la Iglesia declare si este fue nulo por alguna de las causas previstas. Este derecho se convierte en deber cuando el cónyuge a decidido unirse a una nueva pareja.

– Los Sacramentos no son discutibles. Los 7 Sacramentos son de Institución Divina, no son producto del Magisterio eclesial, son fundamento indeleble de la Santa Iglesia Católica que el mismo Cristo instituyó como Sacramento Universal de Salvación.

– Las discusiones y opiniones sobre el problema de los divorciados vueltos a unir en uniones civiles o naturales no es una cuestión de normas, sino de Sacramentos, de pecado y de la salvación de las almas.

– No omita nadie las palabras de Jesús que, siempre antepuso la misericordia a cualquier debilidad humana, pero, no desdeñó la verdad de la gracia: “Vete y no peques más”.

El Esplendor de la Verdad!

Hay una Verdad y es irrenunciable. No podemos actuar como si las propuestas que parten y se configuran desde  la Verdad tengan en realidad no otro valor que el de meras opiniones. Cuando partimos de la Verdad, ésta nos compromete, nuestras vidas quedan impregnadas de ella, y el valor sobrenatural que nos aporta nos capacita a entregar nuestra vida por ella. Deseamos que todos participen de la Verdad, única Verdad, no por mero proselitismo, sino por propia exigencia de la misma Verdad que llama y obliga a todos.

Bueno sí, dirán algunos, pero, ¿cómo discernir la verdad de la opinión, de las medias verdades e incluso de la mentira.? La asistencia del Espíritu de la Verdad nos garantiza el correcto proceder en defensa de la misma. Recuerda el Magisterio de la Iglesia en la encíclica “Veritatis Splendor” de San Juan Pablo II que “hay unas exigencias morales dentro del ámbito de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social y política, cuya enseñanza podemos encontrar dentro de la Tradición de la Iglesia.”

juan pablo

También recordaba el Santo Padre, de feliz memoria, que como cristianos estamos llamados a “llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo”, teniendo como “texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la Doctrina de la Iglesia” el Catecismo.

Sin embargo, en medio de la vorágine moral en las que nuestras sociedades se hayan inmersas, nosotros católicos, lejos de estructurar una respuesta cívica y social conforme a la Doctrina de la que es nuestra Madre, o nos embelesados con bonitos mensajes y sentimentalismos  justificadores, o nos obcecamos en la crítica ajena sin límite de altura. Y yo me preguntó: ¿quienes son los que ante la riqueza y profundidad que nos ofrece la Doctrina fielmente expuesta en el Magisterio Pontificio, en el que poco cabe añadir ya que no sea repetir lo ya establecido, no se comprometen activamente en acciones de transformación social y pública, sal que debe salar? ¿Quienes son los que frente a las advertencias de obispos, deciden continuar dando directamente su voto a aquellas opciones de gobierno que aprueban leyes abortistas, atacan la familia, imponen ideologías perversas y persiguen mås o menos abiertamente a los católicos?

La responsabilidad es nuestra, de cada uno de nosotros.¿Que pensáis declarar en vuestra defensa en el juicio particular?: ¡yo no sabía!; ¡es que alguien dijo! ¡creía que!. ¿Acaso podemos pensar,  ni por un momento, que nuestras pusilánimes justificaciones nos librarán del fuego que merecemos por nuestra avenencia con el mal y la perversión? ¡Quien no esta conmigo, está contra Mí!; es el mismo Jesucristo el que nos advierte. Y el que no obra, pudiendo obrar bien, provoca ya un gran mal. A nuestra realidad social me remito.

Ante la Verdad ya declarada no hay excusas. Y el que dude, que repase la paråbola del rico Epulón.