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Ministerios Menores!

Que importante y necesaria la formación de buenos lectores de la Palabra.

Es una pena que las disposiciones que instituían los ministerios u órdenes menores del Lectorado y el Acolitado hayan quedado como meros pasos de trámite en el camino hacia la ordenación sacerdotal o el diaconado permanente.

Porque ocurre que la Palabra no llega, a pesar de que es portadora de una riqueza inestimable. Pero es que no llega ni al oído, ¿cómo va a llegar al corazón?

Y digo esto porque a veces por la mala lectura del lector extraordinario, otras por la mala disposición o estado de la megafonía, otras por el despiste generalizado, la cuestión es que no nos enteramos de la misa ni la mitad, y nunca mejor dicho.

Si realizamos una encuesta a la salida de cualquier misa sobre los acontecimientos relatados en el Evangelio, ¡qué pocos recordarán de lo que trataba! Si se nos ocurriera preguntar por el contenido del salmo, ya ni te digo.

Y es que, a veces, creo que no es necesario tanto invento y filigrana pastoral cuando la Palabra lo porta todo y la Palabra no llega. Pues hagamos que llegue, sin filigranas ni improvisaciones, promocionando cursos de verdaderos lectores de la Palabra, desarrollando el ministerio laical del Lectorado, atrayendo a aquellos y aquellas de voces más penetrantes y atractivas, que se haga de la lectura verdadera Palabra de Dios.

Y si no lo creen así, lean el Salmo de este Domingo y díganme si acaso uno solo de los que asistió a cualquiera de las misas en su parroquia podría ahora resumir este programa y proyecto de vida cristiana en la que Dios nos exige configurarnos:

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará.

                              Sal 14,2-3a.3bc-4ab.5

La llamada a la acción.

Frente a que somos llamados?

Frente a que cabe la defensa ?

Frente al Estado Liberal, Estado Social.
Frente al laicismo y el Islam, confesionalidad.
Frente a la ideología de género, Derecho Natural.
Frente al modernismo y relativismo imperante, Evangelio de la Vida.

Así reza nuestra proclamala, llamada que nace hoy en lo mås profundo de nuestras conciencias.
¡Católicos! ¡Discípulos de Cristo! ¡Llamados a dar testimonio fiel de nuestra fe! ¡Llamados a trabajar por el bien común en todas las esferas sociales!
Hoy más que nunca es exigencia de nuestra fe dar la cara por nuestra doctrina y tradición en toda esfera social, especialmente en la política. Ofreciendo desde la luz del Evangelio y del Magisterio Político y Social de la Iglesia, un modelo de sociedad cristificada en la que el hombre, todo hombre, pueda alcanzar la verdadera realización de su dignidad humana, desde la verdadera libertad y respeto a toda opción por el bien común.
Esa es la llamada que hoy sentimos en nuestros corazones anunciar a Cristo como único Camino, Verdad y Vida. Sin que ello suponga coacción alguna frente a la libre opción personal de cada individuo. Pero con la firmeza de que todo mal debe ser rechazado, que todo atentado contra la dignidad del ser humano, de todo ser humano, debe ser combatida, con la convicción contundente de que la libertad sólo es verdadera cuando se desenvuelve y desarrolla en opciones de bienestar, bondad, generosidad y misericordia; que el mal individual y social, moral, económico o ideológico, no es una realización de la libertad sino una perversión de la misma.

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Cómodas comodidaes e insufribles necesidades!

 

¡Qué difícil resulta hoy en día comprometer a alguien bajo una responsabilidad!

Ya puede tratarse de la salvación de las almas, del auxilio de la patria o de una acción de caridad. Y esto para los católicos y gente que decimos ser de bien. Qué poco emprendedores y decididos. Sólo unos pocos que se multiplican para estar en todo, mientras que del otro lado muchos se dividen ocupando todas las estancias.

Y es que estamos acomodados: el demonio de la comodidad nos tiene bien dominados. Claro que éste no actúa sólo y le acompañan siempre demonios de desánimo, pusilanimidad, desgana y abatimiento.

Sí, que pacífica y sutilmente se pierden almas por nuestra tibieza e inacción.

Frente a la una vez gran cristiandad, hoy los demonios modernistas han abatido las defensas tradicionales para ceder una plaza casi rendida al Islam. Sí, si, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, el Islam se merienda al más moderno de los Estados liberales (y Obama vendiendo las armas con las que el ISIS masacra a los cristianos).

Y tú y yo aquí, panza arriba en la cómoda comodidad de nuestros sillones, la tv plana, el smartfone y la tablet, acostumbrados a la banalidad de una vida que se nos antoja en ocasiones insufrible porque el mundo no es como soñamos, a pesar que no estamos dispuesto a mover un dedo ni a soltar un euro para que cambie. Consolados con la infeliz idea de que la infinita misericordia de nuestro Dios tragarå también con nuestra tibieza. Hasta algunos se atreven a proponer que quizås hasta los demonios se salven.

Lo peor es que nuestros hijos y los que serán nuestros nietos no tienen la culpa de nuestra imbecilidad y de la miseria de nuestras almas. Ellos merecerían algo mejor, pero tú y yo no parecemos dispuestos a luchar y trabajar esta dura tierra en la que sembrar la semilla de la esperanza de que, un día, Cristo Reine no sólo en el corazón sino también efectivamente en nuestra patria.

Mira un poco y convencete, esos que ya ahora asaltan edificios, esos exigen el asesinato de sus adversarios, esos que desearían ahorcar a todo rico, esos que disfrutan con la perversión, el vicio y la depravación, son aquellos con los que tus hijos y nietos se van a tener que enfrentar; son la herencia de tu pusilanimidad y tu condescendencia modernista. Detrás ya llegan los otros, los que no preguntarån sino que directamente cortarån cabezas. Mientras tanto tú y yo nos pudriremos en el infierno porque perdimos nuestra alma arrebatada por los demonios del “estado del bienestar”.

” Si alguno dijere, que Jesucristo fue enviado a los hombres por Dios como redentor en quien confíen, pero no como legislador a quien obedezcan; sean excomulgados”.

“Si alguno dijere, que el Evangelio no íntima precepto alguno más que el de la fe, que todo lo demás es indiferente, que ni está mandados, ni esta prohibido, sino que es libre; o que los diez mandamientos no hablan con los cristianos; sea excomulgado.”

¡Gran campaña social!

Pues si! Estamos llamados a organizar una “gran campaña social”. El laicado católico esta llamado a dar la cara, por Cristo y por la Iglesia. ¿Hasta cuando? ¿Hasta donde llegará nuestro pecado de omisión? Es exigencia de nuestra fe. Está en juego nuestra salvación, el cielo que anhelamos, y no solo el nuestro, sino también el de todos aquellos pequeños que por nuestra desgana, apatía y pusilanimidad, no alcanzarán a ser bautizados ni a conocer a Cristo nuestro redentor.

En Marzo de 1922 fueron los prelados españoles los que se propusieron tal campaña. En Junio de 2015 son los católicos laicos españoles los que recogen aquella propuesta, y adaptada a los tiempos actuales la hacen suya:

” Se proponen los prelados españoles emprender una gran campaña social con el nobilísimo fin de atajar la gangrena que está carcomiendo las células del organismo social, y aplicar una conveniente terapéutica que, principiando por desterrar gérmenes morbosos de la inteligencia y el corazón, tonifique todos los miembros de la sociedad a fin de que vuelvan a reinar la armonía, el orden, la justicia y la paz, que elevan a los pueblos y los hacen dignos de su misión en el concierto de las naciones.”

“¡Arriba, pues, los corazones, y aprestados todos, hijos amadísimos, a formar en las filas de la gran campaña social! ¡Católicos sed patriotas! ¡Patriotas sed católicos, porque Dios así lo quiere y la patria lo reclama! Consagremos a la magna empresa, unos, las horas de tranquilidad; otros, un poco de su tiempo; éstos, la contribución de la inteligencia; aquellos, la eficacia de su dinero, y todos mucho calor del corazón, que con ello hay que afrontar con éxito la responsabilidad de esta hora y la salvación de la sociedad!”

Hoy, unidos bajo la única bandera de Cristo, fortalecidos por la doctrina de la Iglesia, en nuestra identidad irrenunciable de católicos, consagramos nuestras vidas a este empeño que no es otro que el del bien común.

“Porque lo que Dios quiere es que todos se salven”.

Cuadro de partida!

La situación actual de la que partimos no nos es desconocida. Siempre, de una u otra forma, ha sido así. Pero, como no nos cansamos de repetir, nuestra motivación nace del mismo Espíritu que nos consagró hijos de Dios, que lo somos, y no la suficiencia de recursos o la factibilidad de ciertos objetivos premeditados. Es Cristo quien nos urge y en Él cada uno de nuestros hermanos por los que tendremos que rendir cuentas ante el Altísimo.

Y esta situación de la que partimos es, una vez más, la misma que en tantos otros tiempos. El cuadro de dolor y miseria se presenta hoy de forma más oscura, miserable y trágica, frente al genocidio abortivo, la disolución de la familia, la decepción política, la inmoralidad inyecta en los más jóvenes e inocentes, la miseria de tantos hogares, el desempleo estructural, la acumulación de riquezas por parte de unos pocos, la muerte de nuestra cultura e historia, y ante tantos males que el relativismo materialista y hedonista,fruto de un modernismo radical, ha inoculado en nuestras sociedades de tradición, fe y cultura cristianas.

Debemos, así pues, hacer nuestra aquella declaración colectiva del episcopado español de 15 de Diciembre de 1917; hoy en 2015, asumida y hecha voz en el laicado de Unión Católica:

“Ante tal cuadro de dolor y de miseria, ¿no apena y contrista el ánimo ver miles de católicos cruzados de brazos, creyendo haber cumplido ante Dios y ante su conciencia porque no violan ciertos deberes individuales, pero dejando en completo abandono sus deberes sociales? A estos católicos va en el día de hoy dirigida nuestra voz, y en ella queremos poner todos los lamentos de los que sufren, todo el cariño de nuestra solicitud paternal por tantas familias que padecen graves privaciones en su vida material y que sienten entenebrecerse el cielo de su alma por propagandas disolventes, que les prometen un cielo aquí en la tierra. Y nuestra voz se levanta para decirles: sabed que, como hijos de un mismo padre que esta en los cielos, los hombres somos hermanos, y este lazo de fraternidad impone la ley del amor mutuo, que debe buscar el bien del prójimo, la mayor cantidad de bien y el remedio de toda necesidad, con tanto esfuerzo y sacrificio como la necesidad demande y nuestro poder consienta”.