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¡PODEMITAS!

Contra el peligro podemita -cada vez más acentuado por el desplazamiento hacia posiciones extremas de las masas sociales- hay que formar, no el frente “antirevolucionario” -puesto que España necesita “una” revolución-, sino el Frente Católico, delimitado por las siguientes exclusiones y exigencias:

I. Exclusiones. Nuestra generación, que es a la que le corresponde la responsabilidad de desenlazar la presente crisis del mundo, no puede sentirse solidaria:

a) Por razón histórica de los que quieran cobijar bajo la bandera nacional nostalgias reaccionarias de formas caídas o de sistemas económico-sociales injustos.

b) Por razón ética, de los que se hayan habituado a vivir políticamente den un clima de moral corrompido.

II. Exigencias. El Frente Católico habrá de proponerse:

a) La devolución al pueblo español de una nueva fe en su unidad de destino y de una resuelta voluntad de resurgimiento, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y bajo el Reinado Social de Cristo.

b) La elevación a términos humanos de la vida material del pueblo español.

Lo primero exige una revitalización de los valores espirituales católicos, sistemáticamente relegados o deformados durante tanto tiempo, y, sobre todo, la insistencia en esta concepción de España COMO EXPRESIÓN DE UNA COMUNIDAD POPULAR CON UN DESTINO PROPIO, diferente del de cada individuo o grupo, y superior a ellos. Lo segundo -es decir, la reconstrucción económica de la vida popular, impuesta con doble motivo en esta época de liquidación del orden capitalista liberal- exige urgentemente:

a) Una reforma económica que llegue incluso a la recuperación pública de aquellos estamentos crediticios necesarios, en beneficio de la economía total.

b) Una reforma agraria, industrial y laboral, junto una revisión de nuestras relaciones o supeditaciones europeas, que determine irrenunciablemente el derecho al trabajo y a una vida digna de cada español.

Lo que no sea la aceptación sincera y austera de un programa así, con lo que implica de sacrificio, no tendrá nada de una verdadera posición contraria al “podemitismo” -que descansa, sobre todo, en una interpretación materialista del mundo, auspiciada hoy por el liberalismo progresista imperante-, sino que será un intento igualmente materialista y además inútil, por conservar un orden social, económico e histórico criminal ya herido de muerte.

 

(Adaptación de las palabras de Primo de Rivera del 5/12/1935)

MODELO SOCIAL

En el año 1986 la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (sí, aquella que tantos se proponen quemar), publicaba la instrucción pastoral “Los Católicos en la Vida Pública”.

Me pregunto por qué siendo Cristo Rey, luz del Mundo y única Esperanza y Salvación no nos es posible, a los católicos, presentar un modelo social que bajo la luz del Evangelio y atendiendo a la ya tan elaborada Doctrina Social de la Iglesia ofrezca, abierta y democráticamente, una posibilidad social y política de realización nacional bajo los principios de bien común, la justicia y la paz social.

En la instrucción referida los obispos españoles señalaban que: “Jesucristo ejerce principalmente su soberanía a través de la Iglesia y de los cristianos en ella, que viven y actúan desde la fe y desde la libertad regia de los hijos de Dios frente a las esclavitudes de una creación sometida a la corrupción del pecado y consiguientemente trabajan al servicio de los pobres, en favor de la causa de la justicia, en orden a preparar la llegada del Reino de Dios en su plenitud”

Esta tarea de los cristianos no puede de ninguna forma excluir las estructuras sociales, públicas, políticas y administrativas que sostienen nuestra sociedad. Es más, estoy plenamente convencido de la exigencia que supone a los católicos ser sal y luz, social y política, en cada una de las comunidades en donde vivan. La realidad actual nos presenta un sin número de opciones políticas, de modelos sociales más o menos democráticos, que excluyen a Cristo como referencia y como fuente de todos los valores que promueven la justicia, la paz y la solidaridad de las gentes. Hoy vemos a cantidad de políticos que aun siendo cristianos y católicos actúan contra los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y no tienen en cuenta ni el bien común ni la justicia social ni la vida como principio supremo.

Los católicos en la vida pública, en su inmensa mayoría, dejan tristemente de ser católicos para convertirse en liberales o progresistas, en conservadores, radicales e incluso comunistas. Parece que impera la convicción de que cabe la posibilidad de encontrar un modelo de gobierno, un modelo de sociedad, acorde la nuestra fe prescindiendo de la fe, y esto es una contradicción incomprensible e imposible.

Nos indican los obispos en esta instrucción que: “Esta inspiración cristiana de la política no podemos darla por supuesta ni podemos esperarla de la improvisación. Es preciso fomentar expresamente la adecuada formación de los católicos en conformidad con la doctrina social y moral de la Iglesia; es preciso impulsar actividades o instituciones dedicadas a la formación y capacitación de los católicos para que puedan actuar en los diferentes ámbitos de la vida política con verdadera inspiración espiritual y adecuada preparación profesional. No es tarea fácil superar en la práctica el riesgo de la separación entre lo que es inspiración cristiana y lo que corresponde a la técnicas de la actuación política. No valen los viejos moldes. Hay que arrancar de la situación actual contando con una visión renovada de la Iglesia, de la sociedad y de las relaciones entre ambas.”

Hoy más que nunca, en esta nuestra España es necesario este compromiso e iniciativa de los católicos. Cuando Cristo es ya abiertamente perseguido, cuando nuestras celebraciones son violentadas, cuando la injusticia social es ya endémica, hace falta más que nunca que los jóvenes bajo la luz de Cristo y con el apoyo y acompañamiento de aquellos que cuentan con más experiencia, promuevan proyectos y propuestas sociales y políticas verdaderamente cristianas y católicas.

Orgullosos de nuestra fe, felices de nuestra historia, honrosos con nuestros padres y mayores, deseamos y queremos un modelo social justo y cristiano, pues sólo en Cristo confiamos y solo en Él esperamos la paz y la felicidad que el mundo por si mismo no puede encontrar.

El que tenga oídos que entienda

 

A algunos les parece demasiado fuerte, atrevido, reaccionario o anacrónico el atreverse a solicitar y defender el estado confesional para nuestro pais, España, y salir del estado confusional en el que todo católico se encuentra o lamenta… Hoy tengo que darte toda la razón con el corazón hermano Alfonso, con cierta vergüenza por no haber sido más claro y potente. Llego a este convencimiento viendo como otros, dígase un tal Pedro Sánchez, se atreven a defender el estado laico como la prioridad de su gobierno, de llegar a ser presidente… Dios no lo quiera. Estamos ya preparados para todo, hasta para el Armagedon si se tercia, del que creo que estamos más cerca, como advirtió Netanyahu por si a alguno le interesa.

El mal absoluto!

Denunciaba hace años, uno de los políticos más insignes del siglo XX, que engañados y convencidos por el criterio del voto útil, de la elección del mal menor, los católicos españoles hemos contribuido a traer para España el “mal absoluto”. El tiempo no le ha quitado la razón.

Porque, tal como profetizaba, con el voto católico se ha apoyado a lo largo de estas décadas demócratas una política degradante y anticristiana que ha paganizado la sociedad, destruido la moral tradicional y puesto en trance de fragmentación y lapidación las glorias de España y la propia unidad nacional. Y para España no hay otro mal mayor que el de su propia liquidación.

Sí, porque somos católicos, católicos españoles, católicos votantes que a través de nuestro voto hemos expresado nuestra voluntad de participar activamente en el desenvolvimiento de esta plaga maligna  e infernal que como vasto banco de oscura niebla empaña el horizonte social y católico que se vislumbra para nuestra nación. Ya lo hemos dicho tantas veces: ” España, no se entiende de otra manera, es católica por su propia constitución, es católica en su raíz y fundamento, en su esencia y cultura, y nada ni nadie podrá jamás borrar la realidad histórica de esta España gloriosa de santos, mártires y defensores de la única y verdadera fe.”

El mal que hoy padecemos es el mal absoluto del que tantos y tantas veces nos advirtieron: cuatro millones de parados, más de un 30% de la población bajo el humbral de la pobreza, más de cien mil con niños asesinados cada año antes de su nacimiento, índices de suicidios ocultados por su carácter extremadamente alarmante, Cristo despreciado y vilipendiado públicamente, jóvenes educados bajo una moral promiscua y degenerada, fobia anticristiana  promocionada desde los poderes mediáticos, inversión moral y contra natura, una nación endeudada y dependiente de la financiación internacional, nivel de endeudamiento familiar jamás conocido que convierte a las familias en esclavos de sus deudas, la amenaza continúa de la desfragmentación nacional que llevará a la ruina y desgracia más profunda a todos los españoles de hoy, de ayer y del mañana.

¿Qué otro mal cabe esperar? Cualquier empeoramiento de la situación no puede sino que ser ya esperanza de un nuevo regenerar, no puede ya sino suponer un golpe ineludible en las conciencias católicas españolas que por fin las haga despertar de su letargo, no puede sino alertar a las jóvenes generaciones del funesto proceder de sus mayores para que de alguna forma puedan reconstruir la esperanza nacional que hoy parece pérdida.

Y a nosotros parece que sólo nos resta soñar a España, mientras nos dejen soñar porque hasta nuestros sueños son perseguidos. A nosotros no nos queda sino que embuir en semillas de historia esa España que fue, es y soñamos será, para que el día que encuentre una tierra joven y fértil que las albergue, renazca para siempre esa España grande y gloriosa que Dios nos dió y a la que el enemigo siempre intentó destruir sin decanso. Sin dejar un momento de olvidar que “la virtud más eminente es la de hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.”

España se nos muere entre las manos. Nos duele España, soñamos a España, lloramos a España y miramos al cielo queriendo contemplar ese reinado que el mismo Cristo realizó.

¡Cristo reina, de Cristo es la Victoria! ¡Viva España!

 

Yo es que soy de pueblo!

nuestra-ciudadania

Parece que andan algunos muy avenidos a las ciudadanías y a las  ecológicas de nuestros días, parecen estar de moda, despreocupados por el único negocio que nos debe interesar en este nuestro transir terreno, la salvación de nuestra alma, primero , y la de cuantos Dios ponga bajo nuestra responsabilidad en continuidad.

Desde chico, los de la Capital, de provincias claro, nos llamaban pueblerinos a los que de los municipios nos acercábamos a la minimetrópolis a estudiar.

Hoy me han impuesto el término ciudadano, como si mis raíces entrañables de pueblo pesquero y agricultor hubieren que desdeñarlas. Parece que la ciudadanía fuera incontestable, parece que las tesis zapateristas impuestas a base de zapatazo deban prevalecer por encima de cualquier moral u opción personal de cosmovisión nacional, parece como si una vez más los derrotados sigan zarandeando hasta que los victoriosos acaben rindiéndose.

Acudo a mi querido Diccionario de la Real Academia Española, o a lo que queda de él, y como las dos primeras acepciones hacen referencia a la ciudad, deeberé de quedarme con otra de las tres. No me es aplicable la de “hombre bueno” pues uno solo es bueno. Tampoco puedo renunciar al trabajo manual que curtió mi juventud ni al origen caballeresco de mis ancestros. Debo pues solo admitir la acepción de ciudadano en esa que el DRAE presenta como “habitante de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país.” Aunque también esta última de poco me vale pues derechos políticos pocos me son reconocidos y eso de ejercitarlos en el gobierno del país ya me causa carcajada.

Así pues, si solo de derechos políticos de los que soy sujeto se me puede aplicar la acepción de ciudadano, esa que debiera ser mi cualidad de “ciudadanía”, concepto liberal y revolucionario burgués donde los haya, pues veremos como queda.

Habermans asegura que”la ciudadanía no ha estado nunca ligada conceptualmente a la identidad nacional”.  Aunque realmente para hablar con propiedad de ciudadanía deberíamos referirnos a los múltiples modelos de ciudadanía desarrollados, y no solo al concepto de ciudadanía occidental que es el modelo impuesto por el neoliberalismo dominante.

Ya San Agustín presentaba esa dicotomía a la que se enfrentaba el cristiano en su peregrinar terrestre: la ciudad terrena y la ciudad de Dios. Dicha dicotomía estaba resuelta en su planteamiento por el propio Jesucristo, aquél único en quien tenemos puesta nuestra esperanza, cuando nos anunciaba que nosotros no somos del mundo y pedía al Padre no que nos sacara del mundo sino que nos librara del maligno.

Nosotros esperamos una verdadera ciudadanía celestial, porque esa es la patria a la que hemos sido llamados, y con los pies bien puestos en la tierra reconocemos nuestra nacionalidad, pues esta patria terrena en la que Dios ha querido dar la existencia, España, es el vehículo histórico del destino de nuestra salvación.