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Traidores de la fe!

Llevo dos días intentando ordenar las ideas para poder mandar este mensaje más que un mensaje podría ser una reflexión tan antigua como la de la pescadilla que se muerde la cola.

Pues bien, no hace mucho tiempo cuando peregrino peleaba  por estos mundos guiado por las riendas de las calles, todo se contemplaba con los ojos de este dicho “cree el ladrón que todos son de su condición”. Cuán grande fue mi sorpresa al comprobar desde fuera que no es tanta la ceguera sino más bien la negación de lo evidente; la policía cerrando los ojos.

La droga circulando libremente por las calles; la oferta y la demanda acosando nuestros colegios; hijo afortunado que siguiendo la trayectoria del padre pasa de los demás, y digo afortunado pues él no fue abortado como su padre hace con los demás.

Y ahí están, paseando presumiendo de su alto nivel social; ahí están, agarrados a la libertad mostrándose pasivos ante la vida, retorciéndose en sus lechos de dinero amparados por los políticos que sólo se meten con quien no se defiende. ¡Ay de ellos si tuviesen el valor de defender la moral y la buena fe! Sí, la buena fe, algo tan extraído de esta sociedad. Algo tan limitado por los miedos impuestos por sociedades como la del islam. Mentiras, que no respetadas, sólo temidas. Mentiras que envuelven la vida diaria de estos políticos que luchan contra las personas que rezan  por ellos; corruptos, protagonistas de revistas con  lengua de Satanás; traidores de la fe.

Feminismo Católico!

El mayor enemigo del catolicismo, hoy, es la ignorancia. La falta de formación, en medio de la sociedad de la desinformación, invita al católico a creer lo que no puede creer, opinar de lo que no debe opinar, y a participar en los pecados estructurales contra los que debe luchar.

El feminismo de hoy atenta contra la verdadera feminidad de la mujer, contra su identidad más profunda y contra su dignidad que participa, al igual que la del hombre, de la imagen divina de Dios.

El feminismo católico es la reivindicación auténtica de la mujer. Es pedir a la mujer que sea mujer, no hay otro humano que pueda alcanzar mayor dignidad que la propia de la mujer, llamada a participar tan profundamente del misterio de la Creación.

Decía Pablo VI en un discurso dirigido al Centro Italiano Femenino en 1976 que:

“La misma imagen y semejanza de Dios que le asemeja e iguala al hombre, se realiza en la mujer de una manera peculiar que la diferencia del hombre, por otra parte no más de los que se diferencia el hombre de la mujer: No en dignidad de naturaleza, sino en diversidad de funciones. Es necesario precaverse contra la engañosa forma de desvalorización de la condición femenina, en la que es posible incurrir hoy, intentando desconocer los rasgos diversificantes inscritos por naturaleza en cada uno de los seres humanos. Pertenece, sin embargo, al orden de la creación, que la mujer se realice a sí misma como mujer, no ciertamente en competición de mutua prepotencia en relación con el hombre, sino en armoniosa y fecunda integración, basada en el reconocimiento respetuoso de las propias funciones de cada uno. Es, por tanto, sumamente deseable que en los distintos campos de la vida social en los que está inserta, la mujer ponga ese sello inconfundiblemente humano de sensibilidad y cuidado, que le es propio”.

No se comprende a los católicos!

¿Cuåndo la ideología neoliberalismo tomó el poder en las conciencias de los católicos españoles? La Doctrina Social de la Iglesia ha sido siempre clara y firme en la obligación de los católicos frente a su compromiso en la  vida social y política de su nación.

¿Cuando los católicos españoles asumimos el falaz criterio masónico de que cualquier referencia política a la cuna moral y tradicional católica de España es consigna exclusiva de opciones de extrema derecha?

¿Acaso nos hemos convencido que el estado neoliberal; estado del bienestar le llaman, bienestar de las familias que no conocen el paro, de los niños que no son abortados, de los ancianos que no son abandonados, de los que no viven bajo el yugo de una abusiva hipoteca, de los que no tienen que ocupar ilegalmente una vivienda para encontrar techo, no de los miles que se quitan la vida voluntariamente, no de cuantos caen presa de tantas adiccones, de tantas familias rotas; bienestar de unos pocos, los siempre poderosos; ilusión de los ilusos que han perdido hasta la esperanza de un sentido trascendental de la existencia; es un mal menor? ¿Mal menor frente a qué? Porque creó que el negocio que nos ocupa es el de la salvación o la perdición de nuestras almas, y en el debe imperar una conciencia bien formada; el resto le corresponde a Dios.

El Magisterio de la Iglesia es muy claro en materia política, siempre lo ha sido.

El católico no puede apoyar, ni con el voto, opción alguna opuesta a la moral católica: “los creyentes, deben oponerse y no pueden apoyar con su voto” tales opciones; “cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad”. (Benedicto XVI).

No se comprende a los católicos cuando renuncian a los valoesr más grandes que los acompañan, Cristo y la Iglesia; ¿qué queda del católico sin ellos? ¡Pues eso, un liberal!

Confundir con la polémica!!!

Siempre he creido que los polemistas crean más confusión que la luz que pretenden aportar a la cuestión ante la que se levanta la polémica.

Hoy, en medio de la confusión doctrinal a la que nos enfrentamos los católicos, sólo la fidelidad a la doctrina, expresada autenticamente en el Magisterio de la Iglesia, puede disipar cualquier atisbo de confusión. Catecismo, caticismo y más catecismo, frente al relativismo para el que todo es opinable, en cuestiones de doctrina, el católico reclama el “Catecismo”.

Es una lástima, que tantos pastores católicos, a los que les coresponde ministerialmente la funcion de enseñar, aconsejar y aclarar bajo la luz de la única doctrina que el mismo Dios Encarnado transmitió al colegio apostólico y asentó sobre la piedra de Pedro, se dediquen a confundir, más si cabe, al rebaño, hoy más que nunca inquieto y en ocasiones tan azorado.

Viene esa gran confusión a poner en tela de juicio el Sacramento del Matrimonio, ante la situación, siempre difícil y delicada, de los católicos divorciados y vueltos a unir en otras convivencias civiles o naturales.

Y venimos a confundir al pueblo, que no entiende mucho de teología bibliotecaria pero que tiene mucho más sentido común del que muchos desearíamos en nuestras casas, entremezclando los términos de excomunión con el de comunión referido a recibir el sacramento de la Eucaristía.

Y la doctrina es Una, y la Verdad es también Una.

Tanto el católico divorciado y vuelto a rejuntar con otra pareja, como el adúltero casado, como el que convive sin estar casado, como el que simplemente se haya en pecado mortal, no pueden acceder al sacramento de la Eucaristía, sin antes haber regularizado su situación, pues como advierte San Pablo, despreciar de tal modo el Santo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo puede llevarnos a tragar directamente nuestra perdición.

La excomunión es otra cosa. El pecador, cuando hablamos de pecado mortal, no queda excomulgado por pecar (salvo en algunos casos abominables como es el asesinato del no nacido), en todo caso, repito en todos los casos, debe acudir al Santo Sacramento de la Reconciliación para ser perdonado por Dios y reconciliarse con la Iglesia.

Y es que aquí, pecadores somos todos. No por presentar más dramaticamente una situación se va a tener más razón. Y si nos encontramos en pecado mortal, no debemos comulgar, y si el ministro de la comunión tiene conocimiento seguro de la situación tiene la obligación de negar la comunión material, al igual que tambien tiene la obligación de acoger al pecador (pecadora de La Laguna leo en otros lares) sea cual fuere la naturaleza de su pecado y facilitarle la comunión espiritual y el camino a la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Y es que yo no entiendo tanta polémica con los casados sacramentalmente, divorciados civilmente y vueltos a unir en otras relaciones de pareja sea natural o civilmente. Si somos católicos, no podemos renunciar a la verdad, y Jesucristo indicó bien explícitamente esta situación hasta el punto que Pedro exclamara ¡Y así, no conviene casarse!

Pero la situación real es de no fácil solución, pero si de sencillo encauzamiento. Un buen amigo, experto canonista donde los haya, me manifestaba el otro día que a buen seguro, en nuestros días, el 95 % de los matrimonios mirados con lupa tienen causa de nulidad (si no se hubieren renovado debidamente las promesas matrimoniales); y es que la simple exclusión del “bonus connubi”, del bien de los cónyuges, entre otros múltiples posibles motivos, presenta causa de nulidad matrimonial. Y si resulta que el matrimonio es nulo, pues que se anule, y se preste mayor atención, que es Sacramento y la merece, n la nueva unión Sacramental que el buen católico y sus hijos merecen.

Y yo pregunto ¿Por qué no se simplifica, facilita, y si es necesario se protocoloriza, el aun complejo proceso de nulidad canónica? ¿Por qué los Pastores en vez de crear y recrear confusiones que acrecentan el sufrimiento de la Iglesia toda, no encaminan a sus fieles incursos en tan terribles trances a regularizar su situación sacramental? ¿Por qué toda la atención se centra en solicitar que los divorciados vueltos a rejuntar puedan acceder al Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo como si tal cosa, como si la simple voluntad suprimiera los efectos del Sacramento del Matrimonio, cómo si la comunión en el Eacramento de la Eucaristía fuera cualquier cosa? ¿Por qué los católicos, en general, que se enfrentan al problema de la separación en el matrimonio, acuden antes al abogado que al cura a pedir consejo? ¿Por qué el divorciado no escatima tiempo y esfuerzos en regularizar su situación civil pero desprecia la regularización de su situación canónica?¿Por qué el juzgado civil llega a ser lugar común en la vida del católico y el Obispado un extraño? ¿Por qué no hablamos de implementar una verdadera pastoral sacramental exigiendo la formación y el noviazgo preceptivos para el acceso al Santo Sacramento del Matrimonio? ¿Por que ese enconado esfuerzo en dejar en poca cosa lo que es Sacramento, elevado por Cristo a acción divina: “lo que Dios ha unido no lo separe el Hombre”? ¿O es que también nosotros queremos hacernos protestantes, y esperamos comenzar por acabar con el Sacramento del Matrimonio para continuar después con el que nos plazca?

No es una cuestión de “traditio”. Es una cuestión que afecta a la propia palabra del Evangelio y al fundamento más profundo de la Iglesia Católica, que son los Sacramentos cuya institución divina, los católicos, reconocemos.

¿Miedo a los cismas? Ninguno. Siempre ha habido cismas, de hecho la cismática iglesia anglicana se separo de la Iglesia Católica por no admitir esta el divorcio del Rey, y muchos ingleses pagaron con su vida el permanecer junto a Roma antes que junto al rey.

¡Miedo, quizás, a que no se produzcan los cismas! Aunque miedo, ninguno, porque Cristo va en esta barca, aunque algunos crean que parece dormido.

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