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Reconocer la derrota!

Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida!

Esta afirmación de Jesucristo se opone frontalmente al relativismo que hoy ha arraigado, incluso, en las mismas entrañas eclesiales.

La Verdad no admite opinión. La Verdad es clara y sencilla, y la Iglesia siempre la ha sostenido, en ocasiones derramando el precio de la sangre de los mártires.

Parece que da igual lo que la Doctrina, que maná directamente de la boca del Verbo Encarnado, sostenga y fielmente se haya mantenido en el trascurso de los siglos. Hoy todo es opinión y relativo: ¿Un pecado mortal, que siempre lo fue, y que conlleva la eterna condenación del alma? Pues alguno o algunos opinan que quizås no es ni tan grave ni tan mortal, y así lo predican. ¿Que serå de aquellos pastores cuya labor es cuidar que el rebaño pazca en verdes y frescas praderas, y sin embargo, ellos mismos dirigen a las ovejas al espino y la hiedra?

No podemos sino reconocer la victoria de aquellos que  tan sutilmente, a través de generaciones han urdido y desplegado el infame plan de destrucción del Hombre y de la Iglesia. Sí, debemos reconocer la derrota en esta batalla entre la razón y la opinión, entre la verdad y lo relativo, entre el infierno y la Iglesia. Y a pesar de sabernos vencedores de esta guerra, no deja de entristecernos ver como en medio de tanta confusión, tantas almas caen en peligro de perdición eterna y a nadie le importa.

Allí donde dos o tres os reunáis para opinar en mi nombre…!!!! ¡Es el colmo de la falacia! Se amputa, tergiversa, omite, interpreta, ignora la palabra del Señor en favor de la avenencia con el Mundo. Pero Cristo ha vencido al Mundo. ¿Como algunos se avenienen al enemigo derrotado?

He escuchado a Mons. Munilla decir que la ideología de género es la metástasis del marxismo. Valdelomar, que en paz descanse, afirma que el la masónico del nuevo orden infernal pasa por la abolición del absolutismo, para acabar con las monarquías, y desde las Repúblicas alcanzar el Estado comunista. Pero de esto ya hablaremos en otra ocasión.

¡Con claridad y sencillez!

Quiero exponer con claridad y sencillez algunas cuestiones que vienen siendo discutidas para mayor confusión de los creyentes:

– Entre católicos no existe otra unión conyugal válida que la Contraída por medio del Sacramento del Matrimonio, es decir, el único matrimonio válido es el Sacramental.

– Para los católicos no existe el divorcio. El Matrimonio es indisoluble. Se acepta la resolución civil como medio de regularizar las materias económicas y civiles entre los cónyuges, pero ello no afecta al vínculo matrimonial.

– Cualquier relación sexual realizada fuera del Matrimonio (adulterio, fornicación) es contraria a la ley de Dios y por tanto grave pecado mortal.

– Todo aquel que se haya en pecado mortal no puede acceder al Sacramento de la Eucaristía, pues tal como dice San Pablo, tragaría su propia condenación.

– El que ha celebrado Matrimonio católico, y cuando éste no hubiera sido declarado nulo, y vuelve a unirse con otra pareja distinta a su cónyuge, comete adulterio, grave pecado mortal, si tal situación fuera pública también el pecado sería público (agravante).

– Para acceder al Sacramento de la Eucaristía, hallándose en pecado mortal, es requisito indispensable recibir la absolución a través del Sacramento de la Reconciliación .

– Para recibir la absolución en el Sacramento de la Reconciliación es indispensable el arrepentimiento, la contricción y el propósito de enmienda.

– Todo católico que ha contraído Matrimonio Sacramental tiene el derecho a que la Iglesia declare si este fue nulo por alguna de las causas previstas. Este derecho se convierte en deber cuando el cónyuge a decidido unirse a una nueva pareja.

– Los Sacramentos no son discutibles. Los 7 Sacramentos son de Institución Divina, no son producto del Magisterio eclesial, son fundamento indeleble de la Santa Iglesia Católica que el mismo Cristo instituyó como Sacramento Universal de Salvación.

– Las discusiones y opiniones sobre el problema de los divorciados vueltos a unir en uniones civiles o naturales no es una cuestión de normas, sino de Sacramentos, de pecado y de la salvación de las almas.

– No omita nadie las palabras de Jesús que, siempre antepuso la misericordia a cualquier debilidad humana, pero, no desdeñó la verdad de la gracia: “Vete y no peques más”.

No se comprende a los católicos!

¿Cuåndo la ideología neoliberalismo tomó el poder en las conciencias de los católicos españoles? La Doctrina Social de la Iglesia ha sido siempre clara y firme en la obligación de los católicos frente a su compromiso en la  vida social y política de su nación.

¿Cuando los católicos españoles asumimos el falaz criterio masónico de que cualquier referencia política a la cuna moral y tradicional católica de España es consigna exclusiva de opciones de extrema derecha?

¿Acaso nos hemos convencido que el estado neoliberal; estado del bienestar le llaman, bienestar de las familias que no conocen el paro, de los niños que no son abortados, de los ancianos que no son abandonados, de los que no viven bajo el yugo de una abusiva hipoteca, de los que no tienen que ocupar ilegalmente una vivienda para encontrar techo, no de los miles que se quitan la vida voluntariamente, no de cuantos caen presa de tantas adiccones, de tantas familias rotas; bienestar de unos pocos, los siempre poderosos; ilusión de los ilusos que han perdido hasta la esperanza de un sentido trascendental de la existencia; es un mal menor? ¿Mal menor frente a qué? Porque creó que el negocio que nos ocupa es el de la salvación o la perdición de nuestras almas, y en el debe imperar una conciencia bien formada; el resto le corresponde a Dios.

El Magisterio de la Iglesia es muy claro en materia política, siempre lo ha sido.

El católico no puede apoyar, ni con el voto, opción alguna opuesta a la moral católica: “los creyentes, deben oponerse y no pueden apoyar con su voto” tales opciones; “cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad”. (Benedicto XVI).

No se comprende a los católicos cuando renuncian a los valoesr más grandes que los acompañan, Cristo y la Iglesia; ¿qué queda del católico sin ellos? ¡Pues eso, un liberal!

Vano deseo de agradar!

Algunos de los graves defectos en los que nos hayamos incursos hoy provienen de esa avenencia, consciente o inconsciente, que predomina en nuestras actitudes y opiniones con respecto a la vida social en la que globalmente se desenvuelven nuestras vidas cotidianas.

El Padre Sardå y Salvany nos advertía en su “Mes de Noviembre” de esas dos grandes esclavitudes a las que nuestras almas se hayan sujetos: el respeto humano y el vano deseo de agradar.

En aquélla deseamos complacer a los demås, ser complacientes con el mundo y la sociedad; en ésta deseamos complacernos a nosotros mismos. En aquélla nos hacemos esclavos del capricho y la vanidad ajena; en ésta, de la vanidad propia. Fuentes, ambas, inagotables de defectos y faltas que conturban nuestra conciencia y deforman nuestros criterios, atenuando la limpia visión de la Verdad que nos obliga.

Católicos sirviendo al ídolo de la propia vanidad y del deseo de agradar al mundo. “¡Cuantas abdicaciones del deber en aras del mundanal incienso con que le gusta embriagarse a ciertas pobres almas!”

Qué lástima que tales conductas no sean dirigidas hacia Dios, el único a quien verdaderamente deberíamos querér agradar, por ser Él quien es y por nosotros mismos. ¡Qué Iglesia, qué mundo más diferentes si todo el afån de cada católico fuera el de agradar sólo a Dios.

Para ello, un remedio. Que nuestros ojos no descansen fuera de la cruz, y en ella, no dejar de contemplar a Cristo y contar cada una de las espinas, cada uno de los bofetazos y salivazos, cada uno de los flagelos que por ti y por mí padeció.

¿Donde está la Verdad?

Cristo vence

En medio de esta sociedad que parece nos abruma con las imposiciones ideológicas de unos cuantos, parece que nos hemos resignado a intentar sobrevivir como católicos. Hemos bajado los brazos, y como púgil casi noqueado, no nos queda más que aguantar todos los golpes con la única esperanza de que el adversario se canse en su embestida. ¡Pero el adversario no se cansará!

Esta actitud sería aceptable si lo único que estuviera en juego fuéramos cada uno de nosotros que particularmente tomamos tan defenestrada decisión. Quizás porque pudiéramos justificarnos aludiendo a que nuestra esperanza es sobrenatural y nuestra verdadera patria está en el Cielo que esperamos más allá de este transir terreno.

Pero esta actitud es inadmisible porque bajo nuestra responsabilidad no se limita al propio devenir, sino que bajo nuestra tutela y acción se encuentra el destino de infinidad de almas que jamás tendrán la oportunidad de encontrar la Verdad, ni tan siquiera de oír hablar de ella, si bajamos la guardia y nos abandonamos al perverso vapuleo del enemigo.

Jóvenes y niños, pobres y abandonados, enfermos y desasistidos, bebes no nacidos, tantas y tantas almas que tienen el derecho de conocer que existe una Verdad, que la vida tiene sentido, que toda vida merece la pena vivirla, porque nuestro destino no acaba frustrado, nuestro destino es la vida, y vida divina, a la que estamos llamados.

Algunos, sometidos a las corrientes de los tiempos, argüirÁn que cada uno posee su verdad, que todo es opinable, que no existe verdad absoluta. Otros incluso se atreverán a preguntar que ¿dónde está la Verdad?, aún cuando la sostengan en alto con sus propias manos.

Nosotros no podemos sino que afirmar que Cristo es la Verdad, el Camino, único Camino, y la Vida. Son palabras del mismo Jesús, y nosotros hemos confiado en Él, y no quedamos defraudados.

Hay una Verdad que es Jesucristo. Es irrenunciable. Bajo esta bandera debemos combatir, con toda alma y esfuerzo, hasta derramar la sangre si fuere necesario. Hoy más que nunca es necesario alzar los brazos y pertrechados con las armas de la luz combatir bien el combate al que estamos llamados, no sólo porque Dios lo quiere, puesto que a ello nos llama, sino porque nos lo exige nuestra responsabilidad, de padres, hermanos, vecinos y cristianos. ¿Quién saldrá en nuestra defensa el día del juicio? ¿Quién declarará a nuestro favor si abandonamos a generaciones enteras, presentes y futuras, a la ignominiosa voluntad del mordaz liberalismo infernal?