COMO DUELE LA VIDA!

Al participar en las exequias de un recién nacido el aletear de los ángeles parece resonar en el silencioso llanto y dolor de unos padres afligidos.

El amor se hace manifiesto de una forma muy especial, pura, límpida. El amor se expresa a través del  dolor y la amargura paternal,  de la angustia desprendida de una madre que todo lo entrega a Dios  hasta el fruto de sus entrañas.

¡Cómo duele la vida! La vida que continúa sin la sonrisa de la pequeña, sin sus muecas y correteos, sin su afecto y amor filial. Desde el cielo un décimo coro angelical da gloria a Dios por la Vida, y Valeria hoy se une a él!

Que imposible comprender a aquellos que justifican, apoyan y promueven el desprecio de la vida que otros tanto aman.

 

 

MÍSTICAS MILICIAS CRISTIANAS

Un análisis sistemático de las razones que han llevado a nuestra sociedad hispana a la inversión de los valores fundamentales cristianos, a la erradicación de la ley natural como referente primero de todo sistema social de convivencia, a la anatemización de la Iglesia Católica, no puede quedar reducido a la identificación de las fuerzas sensibles que trabajan con ocultos objetivos y que primariamente luchan contra Cristo y su Iglesia.

Podemos hablar de la ignorancia imperante, de la manipulación mediática de la verdad y de la misma historia. Podemos analizar los intereses económicos que mueven las fuerzas liberales en contra de una digna moral bien estructurada. Podemos descubrir aquellas fuerzas estructuradas en las diferentes masonerías que en su organizada y planificada guerra contra la Iglesia, proyecta y máquina sin escrúpulos en favor de aquel señor de la luz oscura y tenebrosa, gran arquitecto del universo dicen, al que adoran, que no es otro que Lucifer.

Pero si en medio de nuestro combate, si en el fragor de la batalla no conseguimos descubrir que no son sólo las fuerzas de este mundo las que se oponen en nuestra lucha, sino que un descomunal ejército, principados, dominaciones y potestades, tal como identifica San Pablo, despliega toda su fuerza espiritual y sobrenatural contra nosotros, estamos perdidos.

Y esas fuerzas que emponzoñan el alma de los buenos y animan y fortalecen las oscuras almas de los enemigos de Cristo, son fuerzas incomparablemente más poderosas y peligrosas que cualquier fuerza sensible de este mundo.

Si lo que pretendemos es la salvación de las almas, en las que no sólo se encuentran las propias y las cercanas, sino todas aquellas venideras y aún por concebir, no podemos olvidar e ignorar la mayor potencia bélica con la que todas las almas se deben de enfrentar en el trascurso de esta “La Más Grande de las Batallas”.

Si la guerra esta ganada, ya que la ganó Cristo de una vez para siempre, no podemos sino que reconocernos soldados perdedores de batallas en una guerra en la que, habiendo sido ya ganada, su Victoria es continuamente celebrada. Esta es la profunda verdad de nuestro combate. Combate entre el bien y el mal. Mal que habiendo sido derrotado no se allana y pretende los mayores estragos posibles hasta el día que llegue su total extinción.

Bien sabemos que en la batalla en que participamos el enemigo no nos da respiro. Nuestra misión no es otra que la de procurar el mayor número de salvos. Salvación de almas presentes y venideras. Por ello no podemos sino que tratar de defender la verdad y que nuestro testimonio sea referencia, faro de luz, para aquellos que frente a la tiniebla  perversa que ya nos rodea en todos los frentes, quieran reorganizarse y lanzarse un día a romper las líneas del enemigo.

Procuraremos así un tratado, un manual del soldado de cristo, un compendio místico, social, político y religioso que configure aquel faro de luz en el que, principalmente, los laicos católicos embuídos en la vida social y pública de nuestra patria terrena, puedan encontrar la guía que, como místicos milicianos católicos, les conduzca a través de las tinieblas presentes y futuras.

Reconocer desde el primer atisbo de conciencia, que si bien los poderes demoniacos rebasan en potencia, fuerza y envergadura a cualquier poder terreno, contamos con la asistencia, también mística y espiritual, de aquellos cuyo poder y fuerza sobrepasa cuasi infinitamente al de los demonios y espíritus malignos que despliegan la tiniebla espiritual entre nosotros: son los ángeles, de cuya naturaleza, en un tiempo pasado, también nuestros preternaturales enemigos participaron. Así, debemos recordar que la ayuda y asistencia de los ángeles, el de la guarda personal de cada combatiente, el de cada una de nuestras patrias, el Ángel de España, el Ángel de la Hispanidad, el de cada familia e institución avocada al bien superará en fuerza y envergadura, con creces, la acción de los enemigos del Espíritu.

Solemos dar, teológicamente hablando, mayor importancia a la acción de los demonios que a la de los Ángeles Guardianes, cuando realmente aquéllos tienen sus capacidades mermadas y atrofiadas, muchas inhabilitadas, en comparación con las capacidades de éstos nuestros guardianes que mantienen la plenitud de su naturaleza angelical. Es por ello, que nuestra primera referencia y consejo para el místico soldado de la cruz sea éste: “Descubre, conoce, intíma con tu Ángel de la Guarda y con aquellos Ángeles que tienen por misión la salvaguarda de tu patria, de tu ciudad, de tu familia. Hazlos presentes en todo momento, ellos están permanentemente junto a tí. Habla con tu Ángel de la guarda, ora con él, camina, trabaja, estudia con él, y en la hora del combate siéntelo a tu lado y ruegale que ponga al servicio de tú empresa el divino poder que le asiste. Cuando en medio de la batalla acudas en auxilio de un hermano, haz presente a su Ángel de la Guarda, ruega al tuyo que aune sus fuerzas a las suyas en beneficio de tu hermano. Jamás dejes de darle gracias por su empeño en protegerte y unete a él en su perpetua glorificación del Altísimo.”

¡QUIEN CON INFANTES PERNOCTA, EXCREMENTADO ALBOREA!

Sentimos una gran tristeza y pesar al contemplar aquello que supuestamente sería el cuerpo traspasado de nuestro Señor Jesucristo sujeto al signo marxista de la hoz y el martillo. La tristeza se convierte en profundo sopor, cercano quizás a la agonía, cuando contemplamos dicha escenificación sobre las manos del Santo Padre Francisco y bajo su cara sonriente.

Algunos dicen que el Papa al contemplarlo exclamó “eso no está bien”, pero si no esta bien no puede acogerse entre las manos y agradecer el gesto y signo realizado por el mandatario marxista, y menos ofrecer una sonrisa de complacencia.

El vídeo de la escena hay que verlo entero:

Nuestro dolor acompaña al dolor de la Iglesia entera, de la Iglesia fiel, de la Iglesia sufriente que tanta sangre a derramado y sigue derramando bajo el yugo marxista.

Quiera Dios que esta horrible violación de la dignidad cristiana, que el señorito Evo Morales a propinado a la Iglesia Universal, sirva de experiencia y aprendizaje para que jamás pueda volverse a dar pie a tan repudiable ofensa.

Un dicho muy español, refinado en sobre manera porque de otro modo suena chabacana e impropiamente, dice que: ”quien con infantes pernocta escrementado alborea”.

Quizås alguien quiera repetir hoy aquello que a tantos ha burlado: “no hay presos políticos en los regímenes marxistas”. ¿Por qué no visitarlos a ellos en vez de a sus opresores? El mismo Felipe Gonzålez tuvo que tomar las de Villadiego cuando pudo contemplar en primera persona las bonanzas del otro tan admirado régimen bolivariano.

¿Dispuestos a perder esta vida…?

En todos los tiempos el signo de identificación de los seguidores de Jesús ha sido la persecución. Sí, en todos los tiempos la persecución se ha presentado de forma abierta o velada, desde el exterior o el propio interior de la Iglesia (cuanto lobo que gusta usar del disfraz de pastor), cruenta o incruenta, pero siempre persecución.

El cristiano siempre ha sido perseguido bajo su propia responsabilidad de sentirse y reconocerse cristiano y no estar dispuesto a renunciar a esta más que profunda identidad. El cristiano perseguido siempre ha tenido la posibilidad de apostatar ó, incluso, simular la apostasía y continuar con la relativa normalidad de su vida. El cristiano frente a la persecución cruenta siempre a tenido la oportunidad de avenirse a las exigencias de sus perseguidores y librarse del castigo con el que se le amenazaba y de la muerte.

En tiempos de las persecuciones romanas, la cuestión era dilucidada por el efímero hecho de comer carne sacrificada o de quemar incienso en honor del Cesar. En aquel entonces muchos, muchos, cristianos se doblegaron a las exigencias de sus perseguidores y quemaron incienso y consumieron carne sacrificada a los dioses paganos. Así se libraron de la persecución y de la muerte, pero así fueron apartados de la comunión de la Iglesia. Sí, fueron excomulgados porque se interpretó el hecho del reconocimiento de otros Dioses fuera del Dios en Cristo, aunque se tratara del mismo Cesar y de quemar un poco de incienso en su honor, como un signo de apostasía.

Muchos, pero mucho otros cristianos, hombres, mujeres, y niños, familias enteras, permanecieron fieles a Cristo y a su Iglesia y se negaron a las pretensiones de sus perseguidores. Fieles a Cristo fueron unos despellejados vivos, otros crucificados, otros quemados, otros devorados por fieras. No hubo distinción entre hombres mujeres o niños. Padres que fueron obligados a contemplar el martirio de sus hijos, hijos que fueron obligados a presenciar la tortura y el sacrificio de sus padres, ninguno negó a Cristo, entregaron entre cantos y alegría su sangre a la Iglesia y su vida a Cristo.

Hoy parece que hemos aprendido a olvidar, y cuanto menos despreciar, el sacrificio cruento que tantos católicos realizaron voluntariamente, sí voluntariamente, por la Madre Iglesia. Sangre martirial que fue menospreciada por aquellos que seguían apostatando y animaban desde desde sus foros teológicos a simular la apostasía para escapar del martirio!

Aquella sangre, la de tantos cientos de miles de mártires de la Iglesia perseguida, que se une a la sangre derramada por Cristo en su Pasión y Cruz, sigue hoy siendo despreciada por tantos católicos que propician, animan, promueven, aceptan, celebran y aplauden el avenimiento con la abominación modernista, marxista o liberal. Hoy no se nos pide quemar un poco de incienso a unos dioses, que si lo pensamos bien taxativamente hacemos. Hoy se nos impele a convivir aceptablemente con el genocidio estructurado del crimen de los inocentes, y no se declara a quien quema el incienso en la aprobación y mantenimiento de esas leyes, a quien consume la carne del voto a los partidos que promueven, aprueban o toleran el asesinato sistemático del inocente no nacido, fuera de la comunión de la Iglesia.

Hoy quemamos el incienso de la bandera multicolor, de la inversión de la moral cristiana, de la desestructuración de la familia, de la perversión de la moral y costumbres de nuestros jóvenes, mientras que políticos, colaboradores, votantes y demås responsables, no sólo permanecen en  comunión sino que en tantas ocasiones ocupan los primeros puestos de las celebraciones litúrgicas católicas.

Hacemos inmundo el sufrimiento atroz de aquellos que envueltos en la gracia de la fe soportaron las torturas y sufrimientos que el sadismo de sus verdugos les produjo en el intento que quemaran un poco de incienso, que consumieran un trocito de carne.

Hoy más que nunca alzamos la voz frente aquellos que nos persiguen y frente aquellos que se avienen: ¿Hermanos por qué perseguís a  Cristo? ¡Os avanzamos nuestro perdón! ¡Aquí nuestras vidas, aquí nuestra sangre! ¡Pierdalo todo con tal que alcance a Cristo!

¡Viva Cristo Rey!

La confianza enferma…

No podemos saberlo todo, pero tampoco tenemos por qué saberlo todo. La distancia entre lo que sabemos y lo que desearíamos saber venía siendo salvada a través de la confianza.

El enfermo no sabe por qué está enfermo. Tampoco sabe cómo puede curar la enfermedad. Entonces acude al médico, no para que le le enseñe los fundamentos de la biomedicina ni para que le adiestre en prácticas auto quirúrgicas si fueren necesarias. El enfermo acude al médico para que diagnostique su enfermedad y le cure.

En ese momento se establece una relación de mutua confianza entre el enfermo y el médico.El enfermo confía en la capacidad, dictámenes y resolución del médico, y el médico confía que el enfermo aceptará sus  consejos y seguirá sus indicaciones.

Esto, que no es más que una sencilla aplicación del sentido común, es, en su fundamento, la sana relación que debiera establecerse entre un padre y un hijo, entre el maestro y su discípulo, entre el pastor y el rebaño. Claro que siempre damos por supuesto que hablamos de buenos padres e hijos, de doctos maestros y dóciles discípulos, de fieles pastores y manso rebaño.

El Papa San Juan XXIII escribió la encíclica “Mater et Magistra”, Madre y Maestra, presentando a la Santa Iglesia Católica como aquella buena Madre y docta Maestra.

Hoy en medio del relativismo y modernismo infeccioso que se ha extendido en las conciencias de padres e hijos, de maestros y discípulos, de pastores y rebaño, la confianza ha sido expulsada de las más båsicas relaciones sociales, familiares y religiosas.

La confianza ha sido desalojada por lo relativo, si todo vale cualquier pensamiento o criterio propio vale también, sea de quien sea, venga de donde venga. La confianza se ha resquebrajado ante el golpe funesto de la moda, de lo moderno, de lo políticamente correcto. La confianza ha sucumbido ante el imperio de las consignas que permiten a sus sustentadores el beneficio de la aceptación, de la inclusión, de lo consignado.

Tal es el panorama: buenos que quieren ser padres no encuentran a hijos que quieran ser buenos; doctos que quieren ser maestros no encuentran discípulos que quieran ser dóciles; y fieles que quieren ser pastores no encuentran rebaño que quiera ser manso.

Y en medio de esta perfidia, ¿qué hacer esos pocos buenos padres e hijos, doctos maestros y dóciles discípulos, fieles pastores y manso rebaño?

Resuene aquella respuesta en forma de pregunta del que aprendió a amar a través de la triple amargura de su negación: ¿A quién iremos Señor, si sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna?

Cuando los padres abjuran y los hijos se rebelan.  Cuando los maestros pervierten y los discípulos descarrían. Cuando los pastores derriban el cercado y el rebaño se dispersa. ¡Volvamos nuestra mirada hacia nuestra Madre y Maestra! ¿A quien iremos Madre si sólo en Tí nos ha sido dada la Vida Eterna que Cristo, a través tuya también Madre, nos dió, y el sólo nos mereció? ¿Qué voces escucharemos, que escritos estudiaremos, que doctrina sostendremos? Sólo Madre las voces de los Padres y Doctores que Tú nos presentas. Sólo Madre los escritos del Santo Magisterio que Tú nos has dado. Sólo Madre la Doctrina de la Santa Tradición que tu fielmente has guardado.

Sólo en Tí nuestra confianza Madre!!! ¡Calle el auyar de los lobos y el perverso rugir de los dragones! ¡Callen calumniadores, difamadores y pervertidores! ¡Callen infieles y lacayos infernales! ¡Callen todos y que sólo hable nuestra Madre!

Que en ella habla Cristo el Sumó y Buen Pastor, el único Buen Hijo que nos da a conocer al Buen Padre, el Único Maestro de dóciles discípulos, el único y perfecto Pastor del manso rebaño del Amor.