¿Eucaristía? ¡Qué raros somos!

Los católicos somos raritos, muy raros.

Fíjate que llegamos a creer que en esa pequeña forma de pan, apenas un fisquito de la nada, se haya verdadera, sustancial y realmente nuestro Señor Jesucristo, Verbo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, sin merma ni limitación. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1374:

En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente»”

¿O no nos lo creemos? Porque si en la Santa Hostia esta Cristo Dios y Hombre verdadero “totalmente presente”,  ¿cómo comulgar de cualquier manera?¿cómo no caer fulminado ante el misterio y postrados hacer un acto de suma adoración? Como aquel protestante decía, si yo creyera que Cristo se haya presente en la Eucaristía no podría ir a comulgar sino arrastrándome de rodillas y envuelto en un emocionado llanto de amor.

Hoy me han contado como una madre y su hijo asistieron a la Santa Misa al Santuario del Cristo de La Laguna en Tenerife. Ya es raro hoy, por demás, que un hijo acompañe a su madre a la Santa Misa. A la hora de comulgar se adelantó el hijo y cuando le llegó su turno se arrodilló para recibir al Señor Jesucristo en la Inmaculada Hostia, sin embarg,  el sacerdote “descolocado” le negó la comunión y le indicó que se apartará a un comulgatorio más retirado del presbiterio; el muchacho contrariado se fue a tal comulgatorio que tuvo que retirar y colocar (no se comprende la situación si ya el muchacho estaba de rodillas esperando la comunión, se le hace levantar y retirarse a otro lado a esperar sin más indicacioneds) . Cuando le llegó el turno a la madre se repite la situación, ella se arrodilla frente al sacerdote, abre la boca,  sobresaca decorosamente la lengua, y otra vez el ministro “descolocado” le indica que no, le niega la comunión y la manda a lo que pareció el rincón de los castigados. Ella fue junto a su hijo y se arrodilló en el reclinatorio, esperaron pacientemente, ante miradas algunas de perplejidad, y otras de reprobación, que todos los hermanos en Cristo nuestro Señor acabaran de comulgar.

Como el sacerdote viera que ambos, como mártires eucarísticos, persistían en recibir a Jesucristo en la Eucaristía de forma decorosa y postrados en adoración, por otro lado forma ésta la común entre los católicos antes de que arbitrariamente se les quitaran los reclinatorios al pueblo fiel, antes de retirarse al altar a la purificación, y en vista de que Madre e Hijo no se avinieron a lo que se imponía, esto es la comunión de pie y quizás en la mano, fue hasta el apartado reclinatorio y cumplió con el deber que el derecho canónico le impone de dar el sacramento al fiel que debidamente se lo pidiere.

Al acabar la misa fueron madre e hijo a pedir explicaciones del por que de ese trato discriminatorio y, puede decirse,  hasta vejatorio, a quien tan solo quiere recibir al Señor con el respeto y reconocimiento que la fe impone. La respuesta con profunda fundamentación teológica: “Es que me deja usted descolocado, no comprendo porque no comulga usted como todos”.

Y es que así nos va. Cuando aparece algún laico que verdaderamente cree lo que la Iglesia predica, pues vamos y le atizamos, para que no crea tanto, porque quizás no nos conviene que muestre tanta fe,  por si alguno fuere a quedar en evidencia.

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