Yo es que soy de pueblo!

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Parece que andan algunos muy avenidos a las ciudadanías y a las  ecológicas de nuestros días, parecen estar de moda, despreocupados por el único negocio que nos debe interesar en este nuestro transir terreno, la salvación de nuestra alma, primero , y la de cuantos Dios ponga bajo nuestra responsabilidad en continuidad.

Desde chico, los de la Capital, de provincias claro, nos llamaban pueblerinos a los que de los municipios nos acercábamos a la minimetrópolis a estudiar.

Hoy me han impuesto el término ciudadano, como si mis raíces entrañables de pueblo pesquero y agricultor hubieren que desdeñarlas. Parece que la ciudadanía fuera incontestable, parece que las tesis zapateristas impuestas a base de zapatazo deban prevalecer por encima de cualquier moral u opción personal de cosmovisión nacional, parece como si una vez más los derrotados sigan zarandeando hasta que los victoriosos acaben rindiéndose.

Acudo a mi querido Diccionario de la Real Academia Española, o a lo que queda de él, y como las dos primeras acepciones hacen referencia a la ciudad, deeberé de quedarme con otra de las tres. No me es aplicable la de “hombre bueno” pues uno solo es bueno. Tampoco puedo renunciar al trabajo manual que curtió mi juventud ni al origen caballeresco de mis ancestros. Debo pues solo admitir la acepción de ciudadano en esa que el DRAE presenta como “habitante de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país.” Aunque también esta última de poco me vale pues derechos políticos pocos me son reconocidos y eso de ejercitarlos en el gobierno del país ya me causa carcajada.

Así pues, si solo de derechos políticos de los que soy sujeto se me puede aplicar la acepción de ciudadano, esa que debiera ser mi cualidad de “ciudadanía”, concepto liberal y revolucionario burgués donde los haya, pues veremos como queda.

Habermans asegura que”la ciudadanía no ha estado nunca ligada conceptualmente a la identidad nacional”.  Aunque realmente para hablar con propiedad de ciudadanía deberíamos referirnos a los múltiples modelos de ciudadanía desarrollados, y no solo al concepto de ciudadanía occidental que es el modelo impuesto por el neoliberalismo dominante.

Ya San Agustín presentaba esa dicotomía a la que se enfrentaba el cristiano en su peregrinar terrestre: la ciudad terrena y la ciudad de Dios. Dicha dicotomía estaba resuelta en su planteamiento por el propio Jesucristo, aquél único en quien tenemos puesta nuestra esperanza, cuando nos anunciaba que nosotros no somos del mundo y pedía al Padre no que nos sacara del mundo sino que nos librara del maligno.

Nosotros esperamos una verdadera ciudadanía celestial, porque esa es la patria a la que hemos sido llamados, y con los pies bien puestos en la tierra reconocemos nuestra nacionalidad, pues esta patria terrena en la que Dios ha querido dar la existencia, España, es el vehículo histórico del destino de nuestra salvación.

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