Somos espíritu divino e inmortal…

Si en www.unioncatolica.com hemos asumido como referente de nuestra identidad y misión el juramento antimodernista promulgado por San Pío X es porque en el se condensa, si no todos los errores doctrinales, morales y sociales que hoy venimos padeciendo cada día con mayor visceralidad, sí enuncia unas verdades que abandonadas y unos errores que aceptados son las raíces de todos ellos.

No podemos eludir que es el hombre en sí mismo el que se realiza en la Historia. No podemos dejar a un lado la configuración ontológica del ser humano, de todo ser humano, pues desde esa consideración dependerá la posibilidad real de alcanzar la verdad o hundirse en el error. Es decir, si partimos de una concepción del ser humano errónea no será posible alcanzar la Verdad que buscamos, ya que el camino del error no puede sino llevarnos a errar aunque en algún caso atisbemos parcialidades acertadas.

Si admitimos aquellas concepciones que nos invitan a creer que el ser humano no es más que mera manifestación casual de una naturaleza azarosa que siempre ha estado ahí o que apareció también azarosamente de la nada, aunque de la nada no podría ser, ya que la nada nada es y nada de ella puede aparecer o no sería nada. Si creemos que nuestra existencia y experiencia de ser no traspasa el azaroso sin sentido existencial del desarrollo químico subatómico. Entonces, no podemos cosiderarnos, a nosotros mismos y a todo ser humano, más que mera materia, objetos o utensilios con ciertas capacidades que gozarán de una cierta dignidad, siempre limitada, en función de su utilidad o poder. Utilidad y poder, son las dos únicas medidas de dignidad para la intrascendencia humana, en la que todo se supedita al interés de los poderosos y la finalidad que los mismos establecen, sin limitación alguna, pues tan sólo de química orgánica estaríamos tratando.

Ahora bien, tales presupuestos son del todo erróneos. La propia experiencia vital los contradicen. En nuestra experiencia cotidiana no todo es bioquímica: el amor, la lealtad, la amistad, el valor, la bondades, etc; bien sabemos no son productos metabólicos, no hay química ni violencia que pueda someterlos.

Si por un lado admitimos que nuestra propia experiencia nos exige reconocer la dimensión espiritual de nuestra existencia, aunque siempre cabrá negarla en la obcecación de nuestra libertad, por otro lado afirmamos que la luz de la razón también nos lleva a reconocer, a través de la creación, al Espíritu Divino, origen de todo lo existente. Por medio de la percepción sensible de todas las cosas, la razón nos capacita para conocer a Dios y demostrar su existencia. La misma ciencia, liberada de todo prejuicio, es el más maravilloso camino de conocimiento del Autor a través de sus obras.

La trascendencia del hombre y su cualitativa identidad espiritual son, pues, los fundamentos sobre los que la recta razón eregirá el edificio del sentido de nuestra existencia social, iluminada, como veremos, por la fe que nos permite conocer más perfectamente a través de la Revelación aquello que la razón sólo atisba a descubrir.

Porque no somos piedras, ni polvo, ni barro, aunque participamos de ello. No somos carne que pueda ser pesada, troceada ó puesta en precio. Pués somos, por la gracia que nos mereció Jesucristo, Espíritu Divino e inmortal.

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