De bondades y justicias…

No me canso de repetirlo! Aún cuando sabemos que no somos del mundo, pretendemos ser aceptados por el mundo. Asumimos los criterios del mundo y no somos capaces de enfrentarnos a él.

Tristemente los católicos, incluso aquellos de mejor voluntad, nos encontramos sumergidos en una espesa confusión. No somos fieles al carisma y a la misión que como cristianos y católicos nos corresponde.

¿Es que acaso Alá puede ser confundido con el Abba de Jesucristo, o puede Jesucristo ser relegado a un profeta secundario para reconocer a Mahoma como el único profeta? ¿Puede ser esto, ni tan siquiera, considerado por un católico?

¿Es posible que hoy, por la evolución de los tiempos, un pecador no arrepentido y no dispuesto a dejar de pecar, adúlteros, invertidos, afeminados, ladrones, codiciosos, borrachos, estafadores e idólatras, vayan a heredar el Reino de Dios? ¿Es posible que no vayamos a morir en nuestros pecados aún cuando rechacemos que Jesús es el único que puede decir de si mismo “yo soy”?

Y si esto no es posible, no puede ser y no puede caber confusión para un católico, ¿cómo es posible que permanezcamos indiferentes conviviendo y conveniendo con la abominación de la perdición?

Tal como afirma San Gregorio de Nisa, la bondad va unida con la justicia, y la sabiduría no estå separada de ellas, pues propio de la sabiduría es discernir lo que es justo, para que nadie pueda asociar la necedad a la verdadera justicia.

Hoy más que nunca estamos llamados a presentarnos como hostias vivas dispuestas a participar de la Verdad y la Vida, y compartir, con Aquél que nos las ha merecido, el doloroso camino de la propia inmolación.

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