¡Qué Dios nos Asista!

Presenciamos impertérritos una realidad objetiva que nos abruma y nos invita, como católicos y patriotas españoles, a la desesperanza.

Leyes que nos imponen una moral perversa y degenerada y que nos sitúa fuera de la ley a quienes no la compartimos y no pensamos tolerar que se vaya a adoctrinar a nuestros hijo en la transgresión y la promiscuidad.

Leyes que nos imponen un borrado de memoria y nos tachan de delincuente que incitan al odio con tan solo mentar a nuestros difuntos.

Políticas tendentes a la autodestrucción nacional, a la aniquilación de nuestra cultura y religión, y que imponen al extranjero anticristiano como referentes favorecidos.

Medios que inducen a la desestructuración de España y presentan lo abominable como valor en alza.

Y lo que es peor para nosotros, fieles católicos que vivimos con la mirada puestas en nuestros pastores, pastores tibios y acomodados que solo piensan en como avenirse a los que se presentan descaradamente como enemigos de Cristo y de la Iglesia, mientras abandonan la tutela del Pueblo Santo que deambula, con las manos manchadas de sangre, como rebaño sin pastor.

Decía un gran Santo que Dios permite en exceso la dificultad y la tragedia para que cuando intervenga no quepa duda que lo acontecido es obra suya. Sí, como aquel Pueblo Judío esclavo en Egipto, o aquel destierro en Babilonia, o como la Santa Cruzada que inspiró un 18 de Julio, en nuestra Patria, en defensa de España, de su Iglesia y Religión.

Hoy sólo nos cabe confiar en el Señor. ¡Qué Dios nos asista! Porque la abominación en la que vivimos sumidos en la más atroz perversión de la conciencia y en una absoluta ceguera, nos impide contemplar el desastre aun mayor que se nos viene encima. Y mientras las almas se pierden y se alejan, nuestros pastores niegan el auxilio aun de los fieles difuntos.

¡Oh Dios, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos! 

¿Hasta cuando, oh Yahveh Dios Sebaot, estarás airado contra la plegaria de tu pueblo?

Les das a comer un pan de llanto, les haces beber lágrimas al triple; habladuría nos haces de nuestros convecinos, y nuiestros enemigos se burlan de nosotros.

¡Oh Dios, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos! 

(Sal, 80)