Vano deseo de agradar!

Algunos de los graves defectos en los que nos hayamos incursos hoy provienen de esa avenencia, consciente o inconsciente, que predomina en nuestras actitudes y opiniones con respecto a la vida social en la que globalmente se desenvuelven nuestras vidas cotidianas.

El Padre Sardå y Salvany nos advertía en su “Mes de Noviembre” de esas dos grandes esclavitudes a las que nuestras almas se hayan sujetos: el respeto humano y el vano deseo de agradar.

En aquélla deseamos complacer a los demås, ser complacientes con el mundo y la sociedad; en ésta deseamos complacernos a nosotros mismos. En aquélla nos hacemos esclavos del capricho y la vanidad ajena; en ésta, de la vanidad propia. Fuentes, ambas, inagotables de defectos y faltas que conturban nuestra conciencia y deforman nuestros criterios, atenuando la limpia visión de la Verdad que nos obliga.

Católicos sirviendo al ídolo de la propia vanidad y del deseo de agradar al mundo. “¡Cuantas abdicaciones del deber en aras del mundanal incienso con que le gusta embriagarse a ciertas pobres almas!”

Qué lástima que tales conductas no sean dirigidas hacia Dios, el único a quien verdaderamente deberíamos querér agradar, por ser Él quien es y por nosotros mismos. ¡Qué Iglesia, qué mundo más diferentes si todo el afån de cada católico fuera el de agradar sólo a Dios.

Para ello, un remedio. Que nuestros ojos no descansen fuera de la cruz, y en ella, no dejar de contemplar a Cristo y contar cada una de las espinas, cada uno de los bofetazos y salivazos, cada uno de los flagelos que por ti y por mí padeció.