Confundir con la polémica!!!

Siempre he creido que los polemistas crean más confusión que la luz que pretenden aportar a la cuestión ante la que se levanta la polémica.

Hoy, en medio de la confusión doctrinal a la que nos enfrentamos los católicos, sólo la fidelidad a la doctrina, expresada autenticamente en el Magisterio de la Iglesia, puede disipar cualquier atisbo de confusión. Catecismo, caticismo y más catecismo, frente al relativismo para el que todo es opinable, en cuestiones de doctrina, el católico reclama el “Catecismo”.

Es una lástima, que tantos pastores católicos, a los que les coresponde ministerialmente la funcion de enseñar, aconsejar y aclarar bajo la luz de la única doctrina que el mismo Dios Encarnado transmitió al colegio apostólico y asentó sobre la piedra de Pedro, se dediquen a confundir, más si cabe, al rebaño, hoy más que nunca inquieto y en ocasiones tan azorado.

Viene esa gran confusión a poner en tela de juicio el Sacramento del Matrimonio, ante la situación, siempre difícil y delicada, de los católicos divorciados y vueltos a unir en otras convivencias civiles o naturales.

Y venimos a confundir al pueblo, que no entiende mucho de teología bibliotecaria pero que tiene mucho más sentido común del que muchos desearíamos en nuestras casas, entremezclando los términos de excomunión con el de comunión referido a recibir el sacramento de la Eucaristía.

Y la doctrina es Una, y la Verdad es también Una.

Tanto el católico divorciado y vuelto a rejuntar con otra pareja, como el adúltero casado, como el que convive sin estar casado, como el que simplemente se haya en pecado mortal, no pueden acceder al sacramento de la Eucaristía, sin antes haber regularizado su situación, pues como advierte San Pablo, despreciar de tal modo el Santo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo puede llevarnos a tragar directamente nuestra perdición.

La excomunión es otra cosa. El pecador, cuando hablamos de pecado mortal, no queda excomulgado por pecar (salvo en algunos casos abominables como es el asesinato del no nacido), en todo caso, repito en todos los casos, debe acudir al Santo Sacramento de la Reconciliación para ser perdonado por Dios y reconciliarse con la Iglesia.

Y es que aquí, pecadores somos todos. No por presentar más dramaticamente una situación se va a tener más razón. Y si nos encontramos en pecado mortal, no debemos comulgar, y si el ministro de la comunión tiene conocimiento seguro de la situación tiene la obligación de negar la comunión material, al igual que tambien tiene la obligación de acoger al pecador (pecadora de La Laguna leo en otros lares) sea cual fuere la naturaleza de su pecado y facilitarle la comunión espiritual y el camino a la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Y es que yo no entiendo tanta polémica con los casados sacramentalmente, divorciados civilmente y vueltos a unir en otras relaciones de pareja sea natural o civilmente. Si somos católicos, no podemos renunciar a la verdad, y Jesucristo indicó bien explícitamente esta situación hasta el punto que Pedro exclamara ¡Y así, no conviene casarse!

Pero la situación real es de no fácil solución, pero si de sencillo encauzamiento. Un buen amigo, experto canonista donde los haya, me manifestaba el otro día que a buen seguro, en nuestros días, el 95 % de los matrimonios mirados con lupa tienen causa de nulidad (si no se hubieren renovado debidamente las promesas matrimoniales); y es que la simple exclusión del “bonus connubi”, del bien de los cónyuges, entre otros múltiples posibles motivos, presenta causa de nulidad matrimonial. Y si resulta que el matrimonio es nulo, pues que se anule, y se preste mayor atención, que es Sacramento y la merece, n la nueva unión Sacramental que el buen católico y sus hijos merecen.

Y yo pregunto ¿Por qué no se simplifica, facilita, y si es necesario se protocoloriza, el aun complejo proceso de nulidad canónica? ¿Por qué los Pastores en vez de crear y recrear confusiones que acrecentan el sufrimiento de la Iglesia toda, no encaminan a sus fieles incursos en tan terribles trances a regularizar su situación sacramental? ¿Por qué toda la atención se centra en solicitar que los divorciados vueltos a rejuntar puedan acceder al Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo como si tal cosa, como si la simple voluntad suprimiera los efectos del Sacramento del Matrimonio, cómo si la comunión en el Eacramento de la Eucaristía fuera cualquier cosa? ¿Por qué los católicos, en general, que se enfrentan al problema de la separación en el matrimonio, acuden antes al abogado que al cura a pedir consejo? ¿Por qué el divorciado no escatima tiempo y esfuerzos en regularizar su situación civil pero desprecia la regularización de su situación canónica?¿Por qué el juzgado civil llega a ser lugar común en la vida del católico y el Obispado un extraño? ¿Por qué no hablamos de implementar una verdadera pastoral sacramental exigiendo la formación y el noviazgo preceptivos para el acceso al Santo Sacramento del Matrimonio? ¿Por que ese enconado esfuerzo en dejar en poca cosa lo que es Sacramento, elevado por Cristo a acción divina: “lo que Dios ha unido no lo separe el Hombre”? ¿O es que también nosotros queremos hacernos protestantes, y esperamos comenzar por acabar con el Sacramento del Matrimonio para continuar después con el que nos plazca?

No es una cuestión de “traditio”. Es una cuestión que afecta a la propia palabra del Evangelio y al fundamento más profundo de la Iglesia Católica, que son los Sacramentos cuya institución divina, los católicos, reconocemos.

¿Miedo a los cismas? Ninguno. Siempre ha habido cismas, de hecho la cismática iglesia anglicana se separo de la Iglesia Católica por no admitir esta el divorcio del Rey, y muchos ingleses pagaron con su vida el permanecer junto a Roma antes que junto al rey.

¡Miedo, quizás, a que no se produzcan los cismas! Aunque miedo, ninguno, porque Cristo va en esta barca, aunque algunos crean que parece dormido.

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