Leon XIII y la memoria histórica

La memoria histórica es un concepto ideológico e historiográfico de desarrollo relativamente reciente, que puede atribuirse en su formulación más común a Pierre Nora, y que viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontar con su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto. Conceptos confluyentes son el de memoria colectiva y el de política de la memoria (politics of memory) o política de la historia (Geschichtspolitik).

La aplicación del concepto suscita notables discrepancias, especialmente al implicar la fijación de hechos y procesos históricos, de interpretación no unívoca, en algún tipo de “relato” que puede convertirse en una “verdad oficial” ( cuya negación puede incluso ser perseguida legalmente) o en una verdad “políticamente correcta” o “pensamiento único” (impuestos informalmente).

Según el historiador Tony Judt “hay una profunda diferencia entre la historia y la memoria; permitir que la memoria sustituya a la historia es peligroso. Mientras que la historia adopta necesariamente la forma de un registro, continuamente reescrito y reevaluado a la luz de evidencias antiguas y nuevas, la memoria se asocia a unos propósitos públicos, no intelectuales: un parque temático, un memorial, un museo, un edificio, un programa de televisión, un acontecimiento, un día, una bandera. Estas manifestaciones mnemónicas del pasado son inevitablemente parciales, insuficientes, selectivas; los encargados de elaborarlas se ven antes o después obligados a contar verdades a medias o incluso mentiras descaradas, a veces con la mejor de las intenciones, otras veces no”.

Jesús por su parte advierte en Juan 4:20 “Si uno dice «Yo amo a Dios» y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. Nos está señalando uno de los caminos a Dios, si no el único, que es el amor fundado en el conocimiento. Siendo éste, el amor fraterno, probablemente el único camino, es más bien Él quien nos encuentra a nosotros siempre que no nos escondamos en el “desconocimiento”, que suele consistir en informaciones parciales, sesgadas y deformadas que nos incitan al odio. Los “datos históricos” se utilizan con frecuencia como armas arrojadizas para atizar el odio, entre catalanes y españoles o entre franquistas o republicanos, da igual, sirve para cualquier cosa. Cuando las “verdades oficiales”, lo que “sabemos” se combate con un mejor conocimiento de las circunstancias, con frecuencia se produce un acercamiento de los seres humanos, que al fin y al cabo es lo que interesa para evitar nuevas guerras y si fuese posible alcanzar algún día el amor entre hermanos antiguamente fratricidas. En nuestras anteriores publicaciones, y esperamos seguir haciéndolo, hemos ido seleccionando importantes retazos históricos que sin pretender convencer a nadie ( lo cual requiere un compromiso personal más profundo con la verdad), podrían conmover ligeramente nuestros cimientos “constitucionales” ( me refiero a los de cada persona). En este sentido, para quien quiera amar un poquito más a su madre ( o al menos una de las madres que ha tenido nuestra historia), o simplemente no odiarla tanto, vuelvo a insistir en el estupendo libro de Vittorio Messori ( criado en el seno de una familia anticlerical y el propio Vittorio se negaba a tener relación alguna con la Iglesia hasta que mejoró su conocimiento): “Leyendas negras de la Iglesia católica”. Ciertas “religiones” promueven el desapego como vía para la liberación e incluso la paz. Jesus por el contrario señala que la verdad nos hará libres, y que esa libertad está muy relacionada con el conocimiento del otro, en dirección de doble vía en la que el amor nos empuja a conocer y viceversa. Para ello, sin embargo, sí debemos desapegarnos de los falsos ídolos, que se encuentran muy vinculados al egoísmo.

En cuanto a León XIII ( 1878-1903), después de estudiarlo, debemos decir que fue un auténtico león. Nacido en 1837 ( Vincenzo Gioacchino Raffaele Luigi Pecci), su pontificado ( que significa “el que hace puentes”) de 25 años ha sido el cuarto más largo de la historia ( después del de Pedro, 35, Pío nono, 31 y el de Juan Pablo II, 25 años). En los años previos se produjo la unificación italiana (1859-70), que supuso la liquidación de los Estados Pontificios y el enfrentamiento radical entre la Iglesia católica y el Estado liberal (especialmente, el nuevo Reino de Italia). La postura moderada que mantuvo en estos temas el cardenal Pecci lo convirtió en un candidato idóneo para suavizar las tensiones.

Si tu intención es seguir odiando y destruyendo ( intelectual o materialmente), basado en unos supuestos agravios presentes o pasados, mejor no leas, mejor no te informes de todo aquello que no concuerde con tus datos previos y que no venga de “fuentes fidedignas”. Por suerte o por desgracia, en los años previos de mi media vida ( espero) han predominado las lecturas no ya ateas, sino de corte claramente anticatólico ( de las cuales podría dar larga lista), y sólo en los últimos años he incorporado una corta lista de obras que han modificado sustancialmente mi visión de las cosas y las personas, de forma que considero que actualmente me encuentro mucho más ligado a éstas y cada vez menos a aquellas, descosificado.

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Yo es que soy de pueblo!

nuestra-ciudadania

Parece que andan algunos muy avenidos a las ciudadanías y a las  ecológicas de nuestros días, parecen estar de moda, despreocupados por el único negocio que nos debe interesar en este nuestro transir terreno, la salvación de nuestra alma, primero , y la de cuantos Dios ponga bajo nuestra responsabilidad en continuidad.

Desde chico, los de la Capital, de provincias claro, nos llamaban pueblerinos a los que de los municipios nos acercábamos a la minimetrópolis a estudiar.

Hoy me han impuesto el término ciudadano, como si mis raíces entrañables de pueblo pesquero y agricultor hubieren que desdeñarlas. Parece que la ciudadanía fuera incontestable, parece que las tesis zapateristas impuestas a base de zapatazo deban prevalecer por encima de cualquier moral u opción personal de cosmovisión nacional, parece como si una vez más los derrotados sigan zarandeando hasta que los victoriosos acaben rindiéndose.

Acudo a mi querido Diccionario de la Real Academia Española, o a lo que queda de él, y como las dos primeras acepciones hacen referencia a la ciudad, deeberé de quedarme con otra de las tres. No me es aplicable la de “hombre bueno” pues uno solo es bueno. Tampoco puedo renunciar al trabajo manual que curtió mi juventud ni al origen caballeresco de mis ancestros. Debo pues solo admitir la acepción de ciudadano en esa que el DRAE presenta como “habitante de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país.” Aunque también esta última de poco me vale pues derechos políticos pocos me son reconocidos y eso de ejercitarlos en el gobierno del país ya me causa carcajada.

Así pues, si solo de derechos políticos de los que soy sujeto se me puede aplicar la acepción de ciudadano, esa que debiera ser mi cualidad de “ciudadanía”, concepto liberal y revolucionario burgués donde los haya, pues veremos como queda.

Habermans asegura que”la ciudadanía no ha estado nunca ligada conceptualmente a la identidad nacional”.  Aunque realmente para hablar con propiedad de ciudadanía deberíamos referirnos a los múltiples modelos de ciudadanía desarrollados, y no solo al concepto de ciudadanía occidental que es el modelo impuesto por el neoliberalismo dominante.

Ya San Agustín presentaba esa dicotomía a la que se enfrentaba el cristiano en su peregrinar terrestre: la ciudad terrena y la ciudad de Dios. Dicha dicotomía estaba resuelta en su planteamiento por el propio Jesucristo, aquél único en quien tenemos puesta nuestra esperanza, cuando nos anunciaba que nosotros no somos del mundo y pedía al Padre no que nos sacara del mundo sino que nos librara del maligno.

Nosotros esperamos una verdadera ciudadanía celestial, porque esa es la patria a la que hemos sido llamados, y con los pies bien puestos en la tierra reconocemos nuestra nacionalidad, pues esta patria terrena en la que Dios ha querido dar la existencia, España, es el vehículo histórico del destino de nuestra salvación.