La confianza enferma…

No podemos saberlo todo, pero tampoco tenemos por qué saberlo todo. La distancia entre lo que sabemos y lo que desearíamos saber venía siendo salvada a través de la confianza.

El enfermo no sabe por qué está enfermo. Tampoco sabe cómo puede curar la enfermedad. Entonces acude al médico, no para que le le enseñe los fundamentos de la biomedicina ni para que le adiestre en prácticas auto quirúrgicas si fueren necesarias. El enfermo acude al médico para que diagnostique su enfermedad y le cure.

En ese momento se establece una relación de mutua confianza entre el enfermo y el médico.El enfermo confía en la capacidad, dictámenes y resolución del médico, y el médico confía que el enfermo aceptará sus  consejos y seguirá sus indicaciones.

Esto, que no es más que una sencilla aplicación del sentido común, es, en su fundamento, la sana relación que debiera establecerse entre un padre y un hijo, entre el maestro y su discípulo, entre el pastor y el rebaño. Claro que siempre damos por supuesto que hablamos de buenos padres e hijos, de doctos maestros y dóciles discípulos, de fieles pastores y manso rebaño.

El Papa San Juan XXIII escribió la encíclica “Mater et Magistra”, Madre y Maestra, presentando a la Santa Iglesia Católica como aquella buena Madre y docta Maestra.

Hoy en medio del relativismo y modernismo infeccioso que se ha extendido en las conciencias de padres e hijos, de maestros y discípulos, de pastores y rebaño, la confianza ha sido expulsada de las más båsicas relaciones sociales, familiares y religiosas.

La confianza ha sido desalojada por lo relativo, si todo vale cualquier pensamiento o criterio propio vale también, sea de quien sea, venga de donde venga. La confianza se ha resquebrajado ante el golpe funesto de la moda, de lo moderno, de lo políticamente correcto. La confianza ha sucumbido ante el imperio de las consignas que permiten a sus sustentadores el beneficio de la aceptación, de la inclusión, de lo consignado.

Tal es el panorama: buenos que quieren ser padres no encuentran a hijos que quieran ser buenos; doctos que quieren ser maestros no encuentran discípulos que quieran ser dóciles; y fieles que quieren ser pastores no encuentran rebaño que quiera ser manso.

Y en medio de esta perfidia, ¿qué hacer esos pocos buenos padres e hijos, doctos maestros y dóciles discípulos, fieles pastores y manso rebaño?

Resuene aquella respuesta en forma de pregunta del que aprendió a amar a través de la triple amargura de su negación: ¿A quién iremos Señor, si sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna?

Cuando los padres abjuran y los hijos se rebelan.  Cuando los maestros pervierten y los discípulos descarrían. Cuando los pastores derriban el cercado y el rebaño se dispersa. ¡Volvamos nuestra mirada hacia nuestra Madre y Maestra! ¿A quien iremos Madre si sólo en Tí nos ha sido dada la Vida Eterna que Cristo, a través tuya también Madre, nos dió, y el sólo nos mereció? ¿Qué voces escucharemos, que escritos estudiaremos, que doctrina sostendremos? Sólo Madre las voces de los Padres y Doctores que Tú nos presentas. Sólo Madre los escritos del Santo Magisterio que Tú nos has dado. Sólo Madre la Doctrina de la Santa Tradición que tu fielmente has guardado.

Sólo en Tí nuestra confianza Madre!!! ¡Calle el auyar de los lobos y el perverso rugir de los dragones! ¡Callen calumniadores, difamadores y pervertidores! ¡Callen infieles y lacayos infernales! ¡Callen todos y que sólo hable nuestra Madre!

Que en ella habla Cristo el Sumó y Buen Pastor, el único Buen Hijo que nos da a conocer al Buen Padre, el Único Maestro de dóciles discípulos, el único y perfecto Pastor del manso rebaño del Amor.