De bondades y justicias…

No me canso de repetirlo! Aún cuando sabemos que no somos del mundo, pretendemos ser aceptados por el mundo. Asumimos los criterios del mundo y no somos capaces de enfrentarnos a él.

Tristemente los católicos, incluso aquellos de mejor voluntad, nos encontramos sumergidos en una espesa confusión. No somos fieles al carisma y a la misión que como cristianos y católicos nos corresponde.

¿Es que acaso Alá puede ser confundido con el Abba de Jesucristo, o puede Jesucristo ser relegado a un profeta secundario para reconocer a Mahoma como el único profeta? ¿Puede ser esto, ni tan siquiera, considerado por un católico?

¿Es posible que hoy, por la evolución de los tiempos, un pecador no arrepentido y no dispuesto a dejar de pecar, adúlteros, invertidos, afeminados, ladrones, codiciosos, borrachos, estafadores e idólatras, vayan a heredar el Reino de Dios? ¿Es posible que no vayamos a morir en nuestros pecados aún cuando rechacemos que Jesús es el único que puede decir de si mismo “yo soy”?

Y si esto no es posible, no puede ser y no puede caber confusión para un católico, ¿cómo es posible que permanezcamos indiferentes conviviendo y conveniendo con la abominación de la perdición?

Tal como afirma San Gregorio de Nisa, la bondad va unida con la justicia, y la sabiduría no estå separada de ellas, pues propio de la sabiduría es discernir lo que es justo, para que nadie pueda asociar la necedad a la verdadera justicia.

Hoy más que nunca estamos llamados a presentarnos como hostias vivas dispuestas a participar de la Verdad y la Vida, y compartir, con Aquél que nos las ha merecido, el doloroso camino de la propia inmolación.

La buena educación

Del libro Política cristiana, de Devillers, destaco la siguiente página (155-156) por parecerme de importancia capital. Respecto a la educación no se trata de tal o cual asignatura, sino de la educación en general, como creo que hace entender cláramente:

“Para la sociedad liberal los bienes esenciales son la libertad considerada como independencia, las riquezas materiales y los placeres de la carne. Es por ello que la escuela moderna tiende a dos fines principales: primero, a desarrollar el espíritu crítico y la capacidad de producción de los individuos; segundo, a “educarlos” en el respeto de los De-rechos del hombre y en la tolerancia, y a forjar una sociedad en la que cada uno podrá hacer lo que le plazca. Evidentemente esas exigencias son contradictorias: el mundialismo actual buscar resolver esta contradicción principalmente por la educación y las técnicas de manipulación psicológica de masas. La educación mundialista apunta sobre todo a la destrucción de todas las instituciones cristianas, especialmente la familia. El estudio de los autores clásicos es menospreciado igualmente a causa de su pensamiento muy objetivo y por tanto muy exigente. Los educadores son formados menos en la transmisión de un saber que en la práctica de técnicas psicológicas que permitan acelerar la modificación de los valores, de las actitudes y de los comportamientos. Esas teorías modernas son absurdas y criminales y preparan para el mundo una generación de bárbaros. Tal educación es el mayor escándalo posible para el alma de los niños, pues los mantiene en la ignorancia o en el desprecio de las verdades de orden superior. Así engañados sobre lo esencial, y privados muy frecuentemente de los auxilios de una familia normalmente constituida, serán el juguete fácil de todas las propagandas y perderán su alma para siempre.

En las antípodas de todas esas locuras la verdadera educación debe partir del principio esencial de que la felicidad del hom-bre consiste principalmente en los bienes del alma y en el conocimiento y el amor de Dios, es decir, en la adquisición de la sabiduría cristiana. Por eso, sin descuidar no obstante las materias científicas, se dedicará sobre todo a la formación del espíritu y del corazón, en el amor a la verdad objetiva y a la virtud, a la luz de la fe. No es necesario para ello que la enseñanza de la doctrina cristiana ocupe materialmente un gran número de horas. Lo esencial es que la verdadera sabiduría reine en el espíritu y el corazón de los maestros, y que la fe y la caridad cristiana inspiren toda su labor de educación y de enseñanza.”.

Como crítica general del libro, que aún no he terminado, he de decir que me hace temblar y sudar, lo cual quiere decir que trata cuestiones fundamentales que muchas veces ni nos cuestionamos, estemos o no de acuerdo. Respecto a lo que acabo de publicar, creo que no cabe discusión.