Humo blanco, humo negro

¿ Qué clase de humo se habrá infiltrado en la Iglesia y en cada una de nuestras consciencias que nos hace dudar de cuál sea la verdad, o mejor dicho, si la Verdad existe?. Ya muchos “católicos” no contemplan a Jesucristo como la única Verdad posible, sino como una posibilidad más. Hasta qué punto se ha infiltrado el racionalismo que nos hace dudar de la Roca, que nos deja en las tinieblas de la indecisión y desconcierto.

Jesús no sólo es la Verdad, sino también el Camino y la Vida. No hay más camino, no hay más Verdad, no hay más Vida. Cuanto más dudamos, cuanto más indecisos más perdemos la Vida creyendo encontrarla, y las de otros hermanos que esperan al borde del camino, que se desangran, que languidecen por falta de alimento. Alimento que no nos hace efecto a causa de nuestras dudas; efecto que no se traducen en fruto por una excesiva complacencia hacia el mundo. Por una comodidad que nubla nuestra vista y que nos deja a merced de los que tienen claro al enemigo que deberíamos ser nosotros, amigos de los enemigos, enemigos del Enemigo, proclamadores del Reino que no llega, que se aleja a consecuencia de nuestros pecados, de omisión y de falta de Caridad principalmente.

Podemos creer que estas disquisiciones sobre la Verdad es un avance moderno, sin embargo era el estado de la cuestión en tiempos de Jesús cuando Pilato pregutó con cierta sorna a Jesús “¿ qué es la Verdad?”, probablemente sin esperar respuesta. Pero Jesús le respondió, con un señorío nada usual, ante el que aún dos mil años después no podemos dejar de sentir un escalofrío que nos recorre todo el cuerpo. De hecho aquello fue el gran terremoto del que aún sentimos la honda expansiva.

Ahora el “nuevo orden mundial” se jacta de haber superado todo aquello. Ya Jesús lo advertía “¿ encontraré algo de fe el día en que Yo vuelva?”, venía a preguntar. Si cuando aún andaba por estos lares nos acusaba y con razón “hombres de poca fe”, ¿ qué diría de nosotros ahora?. ¿Donde ha quedado la fe relegada?… Como mucho a una esperanza postrera que da sentido a nuestra existencia y a la que podemos agarrarnos cuando sufrimos lo insufrible o cuando todo lo demás nos falla. No es que esté mal del todo esto, es Él quien se nos ofrece “venid a mí los que esteis cansados y agobiados”, pero ¿ no somos desagradecidos?, ¿ dónde nos quedamos cuando lo llevan a crucificarlo?. ¿ Somos conscientes de todo lo que nos ha proporcionado, no ya en el otro mundo, sino en este el ciento por uno?. ¿ Nos damos cuenta de que gran parte de lo que tenemos, de nuestra cultura, de nuestra forma de pensar y actuar, y de la relativa paz que disfrutamos es a consecuencia de su sacrificio?… ¿ o es que nos hemos creído que todo viene a consecuencia de la revolución francesa o de las luchas de clases y las nuevas auroras del siglo XX?.

Demasiadas preguntas se acumulan en mi cabeza, demasiadas preguntas y pocas respuestas. Quizá me puedas responder tú, lector callado que nunca hablas, que siempre te guardas lo que opinas, que te ocultas en la masa que sin acusar ejecuta.

La Historia sí se repite…

Lo español no esta de moda. Nuestra dignidad, nuestro orgullo, nuestras raíces, cultura, historia y religión estån nuevamente a merced de aquellos que en la continuidad histórica de nuestra patria siempre han pretendido la destrucción de la misma. ¿Masonería? ¿Protestantismo? ¿Anglicanismo? ¿Islam? Sin querer caer en ningún tópico, he de afirmar que la historia contra España es una historia contra el catolicismo, una historia que se repite una y otra vez con un denominador común: el ultraje a lo patrio, porque la patria es portadora de valores eternos, y nuestra Patria es portadora de la verdadera Religión en Cristo Señor  nuestro y su Iglesia Universal, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

Y es que allí donde miramos, en otras circunstancias, tiempo y contexto, la historia se repite, ¡vaya si se repite!:

“Siempre se habían tenido por glorias el Descubrimiento de América y el Pacífico, la conquista, colonización y evangelización de América y Filipinas, la lucha con turcos, franceses y protestantes… y de pronto todo esto suscitaba desdén.

Otros lamentaban la propia Reconquista contra los refinados islámicos.

Menéndez Pelayo denunció ” el lento suicidio de un pueblo que, engañado por garrulos sofistas… hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento la sombra de sus progenitores…reniega de cuanto en la Historia hizo de grande… y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil””.

(Efectos del 98, Pío Moa, en Nueva Historia de España)