Del Habemus Papa … al … Opinemus Papam …

Voy a opinar de la opinión de aquellos que opinan que opinar sobre lo que opinan unos cuya opinión contradice a los que opinan que opinar opiniones contrarias a la opinión general de muchos que opinan no es opinable.

Hemos caído, sí, tú y yo. Tal es la fuerza de este liberalismo relativista y modernista. Tan embuídos en él estamos que no podemos escapar a la imposición de sus criterios y consignas. Quizàs es un proceso subconsciente del que sólo a través de una disciplinada ascética nos podamos liberar.

Todo es opinable. Todo es cuestión de opinión. No hay verdades absolutas. Siempre hay un punto de vista distinto desde el cual nuestra opinión puede ser justificada.

Y mientras, aquellos que se declaran abiertamente enemigos de Cristo y de la Iglesia crecen, se organizan, maquinan, e imponen sin detenerse a opinar.

No es que opinar sea malo, según sobre que cosas, pero para el Católico hay cuestiones que no son de opinión, que no son opinables, ya no que sea conveniente o no opinar sobre ellas, sino que opinando se mancilla, según el que en tal grado, nuestra propia identidad de católicos. Hasta el punto que ciertas opiniones y actitudes nos sitúan fuera del catolicismo y nos adentran en las libres aguas del liberalismo de la Reforma y la libre interpretación. Porque tales supuestas acciones de opinar, dejando de ser meras opiniones, se convierten en juicios y sentencias sobre cuestiones que no nos competen y que a los ojos de la fe resultan de extrema gravedad.

Para los que tienen ojos y saben y quieren leer, para los que tienen oídos y saben y quieren escuchar, para todos aquellos, católicos, que desean aprender y bajar con Jesús a Jerusalén a morir con él también:

El Papa Nicolás I en carta al Emperador Miguel advertía: “El juez no será juzgado ni por el emperador, ni por todo el clero, ni por los reyes, ni por el pueblo.<La primera Sede no será juzgada por nadie>.  A nadie es lícito juzgar de ella. En verdad, los cánones quieren que de cualquier parte del mundo se apele a ella; pero a nadie está permitido apelar de ella.”

La bula del Papa Bonifácio VIII “Una sanctam” de 18 de Noviembre de 1302 explicita: “Someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, lo definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda humana criatura.”

Clemente VI en la carta “Súper quibusdam” exige a la Iglesia armenia una profesión de fe explícita sobre algunos enunciados antes de concederles la ayuda que solicitaban: “Si has creído y crees que en tanto haya existido, exista y existirá la suprema y preeminente autoridad jurídica potestad de los Romanos Pontífices que fueron, de Nos que somos y de los que en adelante serán, por nadie pudieron ser juzgados, ni pudimos Nos ni podrán en adelante, sino que fueron reservados, se reservan y se reservarán para ser juzgados sólo por Dios.”

Finalmente, el Concilio Vaticano Primero advierte: “Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo el deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema.