Frentes… y más frentes.

Son muchos los frentes que el cristiano comprometido tiene que afrontar en los albores de este siglo veintiuno después del nacimiento de Jesucristo.

No es el problema del modernismo y el relativismo imperante; no es la imposición ideológica de minorías que tienen el poder de manipular y maniatar (la de género es una de ellas): no es la decadente inmoralidad liberal que desbocada no conoce ya límite alguno; no es la nefasta educación pública que parece desear que desaparezca la inquietud por ser y conocer de nuestros jóvenes para tener una amplia masa que dominar fácilmente; no es la cobarde tolerancia frente aquellos que no toleran y no solo no respetan nuestra fe y costumbres sino que se atreven a imponernos su fe y sus costumbres; no es el desprecio hacia el propio ser humano al que se le reconoce hoy como digno de prostituirse, degenerarse y de ser asesinado; no es el imperio de la corrupción y de aquel principio que solo reconoce la vergüenza del ladrón si es agarrado “in fraganti” (hoy ni eso); no es la persecución violenta contra Cristo y su Iglesia.

No, no es sólo eso. Quizás la más dolorosa y triste realidad a la que los cristianos que deseamos la Verdad de Cristo y de su Iglesia que es solo Una, inalterable y depositada en el seno maternal de Áquella que nos recibió en el Santo Sacramento del Bautismo, presentada fielmente en el Magisterio y la Tradición, sí, una vez más Magisterio y Tradición; la más dolorosa y triste realidad es ver como gentes de buena voluntad yacen ante los prejuicios de su ignorancia, sentir la indiferencia de tantos por el sufrimiento real y cotidiano de tantos hermanos, comprobar la falta de compromiso y testimonio público especialmente en aquellos que actúan como Ministros de incógnito, ver como la Verdad es atacada desde la ignorancia y la confusión con consignas que se tienen por verdades por ser, quizás, menos mentiras que otras más rotundas.

Discutían los discípulos mientras Cristo les anunciaba que iba a sufrir el calvario de la Cruz camino de Jerusalén. Discutimos y discutimos tantos cristianos mientras Cristo es crucificado en más de 100000 niños no nacidos asesinados en el vientre materno cada día; mientras Cristo es flagelado en las espaldas de tantos pobres y explotados en todo el mundo; mientras Jesús es despreciado por los poderosos, escribas, fariseos y sacerdotes del templo, hoy por esa élite de poderosos que mantienen en unas pocas manos el 80% de la riqueza del mundo; mientras escupen el rostro del Nazareno tantos idólatras de las corrientes de moda y del servilismo estructural; mientras abandonan a Cristo tantos discípulos y apóstoles y se esconden temerosos, y le niegan, si hoy también en las personas de tantos cristianos que dejan de confesarle: ¡cristianos no confesionales! ¡qué paradoja!, Pedro fue el primero de ellos, pero lloró y más tarde, por tres veces reafirmo su confesión.

Y desde esta plataforma de apoyo y desarrollo de asociaciones civiles de católicos comprometidos www.unioncatolica.com reconocemos como la raíz de todos los males de nuestra sociedad actual el abandono de la libre y legítima aspiración de la confesionalidad católica del Estado, conforme el Magisterio de la Iglesia la presenta, garante de toda libertad, paz y justicia. Y con Pío XI exclamamos una vez más: «Desterrados Dios y Jesucristo lamentábamos de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que… hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»

Sin olvidar que es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer” Conc. Trid., ses.6 c.21. (Pio XI Quas Primas)

… DE MOMENTO.

Llevo varias semanas dándole vueltas y leyendo sobre este tema que reconozco que nunca antes me había llegado a plantear seriamente. Lo primero que debo reconocer es su importancia, vital y trascendental, poderosamente relacionada con la libertad y la bondad. Es por ello por lo que quiero en primer lugar agradeceder a las personas que me han estimulado a investigarlo y a Aquél que dijo “la Verdad os hará libres” y “mis palabras no pasarán”, así como a pedir su máxima discusión y difusión, si es que las consideran dignas ( palabra que tiene la raíz indoeuropea dek que quiere decir aceptación, de la que también derivan dogma, decente, docente, discípulo y doctor… por derivar, derivan hasta los indignados).

En el Concilio Vaticano II se le dió muchas vueltas, durante 3 años, hasta que se plasmaron las conclusiones en una llamativamente breve encíclica, la Dignitatis humanae, sobradamente progresista para algunos miembros de esta misma Iglesia, y que a todos invito a leer. Según he podido apreciar, aún caben distintas interpretaciones en personas de alto nivel de formación y compromiso. Cuando esto ocurre, generalmente es porque no quedan claros algunos conceptos. Los cambios ocurridos en el mundo desde entonces nos podrían ayudar a aclararnos, decidirnos y aventurar un futuro que a día de hoy parece incierto.

Dicen que los fines justifican los medios, y no es cierto. Tal aseveración tiene que ver por supuesto con la soberbia. La persona endiosada cree que él es el Señor, el dueño; cuando en realidad, desde nuestro punto de vista, somos más bien los medios de Dios, aunque también un fin en nosotros mismos, cada ser humano, por encima de sus atributos o deficiencias. Pero me gusta invocar, vayamos a los principios, al por qué hacemos las cosas, aunque siendo tan humanos siempre nos podamos equivocar. Busquemos los mejores fundamentos, como decía Ortega y Gasset el terreno sobre el que caminamos: en qué creemos y qué es lo que nos mueve. Como dice la mencionada encíclica no sólo tenemos el derecho, sino también el deber de buscar la Verdad, por mucho que en esta sociedad mediática se nos trate de imponer la “verdad” de que la Verdad no existe, que cada uno tiene su verdad, y de que en caso de que existiera sería incomunicable e incompartible, y que por tanto lo único que pueda tener sentido sea pasárselo bien, el que pueda, y para ello es imprescindible el no pensar y aceptar la ideología imperante, aunque se vea contradicha por nuestra experiencia de infelicidad. Este escrito está dedicado a los insatisfechos y a los que sufren; a los demás: sigan bailando.

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