Fe e Ideología!

 

La adhesión a la fe es un acto libre que brota de la más profunda conciencia de cada hombre que sale al encuentro de Dios.

Sor San José, cuando se le hablaba de los asesinatos de monjas a causa de la fe replicaba: -“Dios mío, si a mi me matan, que sea de un tiro y por detrás, que yo no me de cuenta”- “Porque tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente para sufrir el martirio cara a cara y faltándome la fé, fuera capaz de renegar.”

Pensaba nuestra adorable dominica en que aquellos, que empujados por ideologías anticristianas y por un odio acérrimo contra nuestra fe, le pudieran hacer apostatar por su humilde incapacidad al padecimiento, al dolor y el posible sufrimiento que le fueren a infringir.

Úna, la que sostiene la fe, tolera hasta que le quiten la vida, otros embuídos en ideologías que violan el significado de las consignas libertarias que pretenden enarbolar, en nombre de la libertad, ni consienten ni toleran la fe ni otra opción que no se ajuste en extremo a sus consideraciones ideológicas.

Esta intolerancia, esta imposición ideológica hoy se da muy a menudo.  Ocurre con la ideología de género, ocurre con la cultura de la muerte, ocurre con la ideología modernista o la liberal, ocurre con la ideología marxista y con la ideología laicista. Todas ellas, al amparo de las suplantadas “libertad”, “igualdad” y “respeto” (libertad para los que piensan como ellos, igualdad con los que asumen sus posiciones ideológicas, respeto sólo para los que asumen como verdad sus posturas), imponen por cualquier medio, por cualquier medio, sus postulados e instauran hacia aquellos que podrían oponérseles  una marginación social  que desemboca irremediablemente en cruenta persecución.

A sor San José la quisieron hacer blasfemar, ella repetía incansable jaculatorioas como ‘Viva Cristo Rey! ¡Ave María Purísima! o ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento! La presionaron a fuerza de golpes, que le daban con la culata de los fusiles, con los machetes, é incluso con unos grandes cuchillos que aquellos defensores de la libertad llevaban en el cinto. Aquellos sus verdugos, ciegos de ira al ver que no podían vencer ni aún amederntrar la fe de aquella débil mujer y anciana, se ensañaron tanto y sin compasión que le cortaron los pechos y pedazos de carne de otros sitios que le metían en la boca. Por otros sitios la quemaban. En fin, hicieron todo cuanto su maldad y el demonio les sugería, para tratar de vencer aquella fortaleza que a otra hora se mostrara tan humildemente temerosa del dolor y sufrimiento.

Ahora que seguro estas en el Cielo, monjita de manos santas, ruega a Dios por nosotros, pídele que infunda en nuestros corazones la fuerza y el valor que llenó tu corazón frente a aquellos demonícos criminales que hoy vuelven a repoblar nuestra sociedad, para que, con la fuerza de la fe que no aborreciste, opongamos nuestra vida y nuestra sangre a la injusticia irracional que ya impera en esta que en otro tiempo fuera la Cristiandad.