¿Hacia dónde vamos?

Cada vez que me hago esa pregunta me respondo que, espero, hacia el Cielo. Y es que nuestro destino se encuentra más allá de esta tierra y este tiempo.

Pero esta certeza de nuestra fe, no disminuye en absoluto la exigencia y el compromiso que con lo temporal nos obliga nuestra catolicidad. Porque este tiempo, esta tierra, este mundo es el camino por el que debemos transir hacia la patria celestial. Camino este no de paso sino de realización. Y es estå realización temporal, como hijos de Dios, como imágenes de Cristo, la que marcará el rumbo acertado o no de nuestro destino.

Un profundo y joven político católico confesional, del siglo pasado, que no creía que el problema religioso fuera un problema a resolver en el intimismo de la conciencia, sino que es un problema que hay que resolver en el hombre y en la comunidad política donde el hombre vive, decía textualmente que: “Ante el Misterio eterno el hombre y la comunidad política no tiene mas que dos respuestas, o la respuesta de Dios o la respuesta satánica del enemigo de Dios.”

Y es ante ese Misterio eterno hacia el que caminamos donde damos nuestra respuesta de Dios, poniéndolo todo, todo, a su disposición y servicio, sin escatimar esfuerzo alguno, hasta la extenuación. A ese Dios en Jesucristo que es amor y misericordia infinita, Padre justo y bondadoso entregamos nuestras vidas por el bien de las almas, mejor servir a su Iglesia y también por nuestra salvación. Y no porque así vayamos a merecer algo sino que, tal como anunciaba el apóstol, por nuestras obras mostramos nuestra fe frente aquellos que pretenden mostrarnos su fe sin obras, oponiendo nuestra respuesta de Dios a la satánica respuesta de los enemigos de Dios.

Nuestros principios están claros, quedan todos ellos recogidos en la Doctrina de la Iglesia, depositaria de la fe, recogida en el Magisterio a la luz de la Santa Tradición.

Y es esta fuerza la que hoy se opone al príncipe de las tinieblas que de mil formas distintas pretende establecer un infernal principado en esta patria terrena sobre la que Cristo se alzó de una vez para siempre victorioso.

Ni modernismo ni relativismo, ni liberalismo ni progresismo, ni marxismo ni capitalismo, ni laicismo ni Islam. El Reinado social de Cristo es la única luz de la que puede brotar la regeneración de nuestros pueblos y sociedades. Y éste, que no es más que el camino, empieza por llamar a las cosas por su nombre y comenzar a proclamar la verdad, sin pausa ni dilación, aunque ello nos exponga a la difamación y a mayor persecución si cupiera, aunque en ello nos vaya la vida, esta terrena, la cual tenemos por nada frente a aquella gloria que nos espera.