Más allá de la Fe!

Más allá de la Fe se encuentra la realidad de las cosas, la verdad de la existencia y la irrenunciable certeza de que hay un Espíritu en el que participamos.

Y es que en el día de hoy, “Corpus Christi”, los católicos no sólo celebramos la fiesta solemne del “Cuerpo y la Sangre de Cristo”, sino que exultantes damos a conocer el Misterio de nuestra Fé al Universo entero acompañando a Jesucristo vivo, resucitado entre los muertos, en toda su persona divina e inmortal, presente en la Inmaculada Hostia, en la Santa Eucaristía.

Y esto que es una verdad inamovible, más allá de la fe, quizás muchos que se llaman católicos, que comen y beben con el Señor, no acaban ni de imaginarselo, por no decir de creerlo.

Encararse al mismo Dios en la omnipotente segunda persona trinitaria, el Verbo, y éste hecho Hombre, y éste hecho Pan bajado del Cielo, y reconocerlo, es caer desfallecido por las fuerzas de la razón y abandonarse al misterio de un Dios de infinita bondad que nos manifiesta su inexplicable locura de amor.

Reconocer esta realidad, que “bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad”, no es compatible con recibir la Santa Comunión de cualquier manera, sin la debida preparación, sin el debido respeto, sin la debida reverencia, sin manifestar externa e internamente la realidad sobrenatural a la que accedemos.

Por mi parte no creo compatible con el dogma, salvo causa extraordinaria, y respetando las decisiones de cada Prelado en su jurisdicción diócesana sobre los que recae la responsabilidad última en esta materia: no comulgar de rodillas teniendo estas sanas y siendo el lugar propicio; no arrodillarse en la consagración pudiendolo hacer, comulgar en la mano (cuanto más cuando ésta pueda estar sucia o sudada) permitiendo la intencionada profanación o que partículas, que son el mismo Cristo al que reconocemos en la Eucaristía, puedan acabar en el suelo, el bolsillo, las narices u orejas, y ser pisado, ensuciado, ultrajado, menospreciado, arruinado y desechado, aun cuando esto ocurre inconscientemente.

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Quiero transcribir un ejemplo impactante de esta realidad que,  encontrándose más allá de nuestra fe, es intuída y reconocida por algunas almas especialmente bendecidas. Este es el caso de Sor San José Sánchez, de la que tendré el privilegio de hablar también más adelante. El relato viene dado por su superiora tras el fallecimiento de la monja dominica:

“En cierta ocasión me la encontré subida en un poyo algo alto para coger la cuerda de una campana que había cerca del torno, para tocar algunos actos de la comunidad, y también cuando entraba alguien a la clausura, para llamar a las porteras. Se subió allí para poder coger la cuerda de lo más alto, por donde no la tocaba nadie, porque de su sitio la cogían las sacristanas para tocar a misa y a comunión, y como ellas tocaban los cálices, purificadores y demás cosas del culto divino, ella pensaba que no era digna de tocar nada que tocaran las sacristanas, y si lo tocaba cometía pecado. Al encontrarla en aquella disposición en que podía caerse y lastimarse, me figuré lo que pasaba, y poniendome muy seria le dije:

-¿Por qué toca la campana de esa manera?-

Ella toda asustada me dijo: – Ay madrecita, no me riña, es que…-

-¿Que es?, le dije aun más seria (…por fuera). –

-¡Qué la tocan las sacristanas, y ya ve usted, tocarla yo…!-

-¡Pues la toca usted y no pasa nada!

– ¡Por dios Madre!.- me decía casi horrorizada – ¡¡¡Tocar donde tocan las sacristanas que tocan el cáliz…!!!

 

Y es que cuando se tiene sentido de la presencia de Dios todo parece poco (…”y se postraron ante Él, aunque algunos dudaban”), y cuando no se tiene clara la presencia real de Cristo en la Eucaristia pues todo vale ante un signo o una suposición.