De donde venimos y a donde vamos.

La situación actual se presenta difícil, pero siempre esperanzadora. El vuelco que nuestra sociedad está experimentando es quizás necesario. Es posible que a través de este trance surrealista se produzca el milagro que esperamos. No aquel que lo transforma todo mágicamente, sino ese otro que de hundidos en el temor y la ignorancia transformó a aquellos apóstoles en verdaderos testigos de la fe.

Y es que algo tiene que pasar para que el pueblo católico deje, de una ver por todas, la avenencia con aquellas opciones contrarias a la fe, liberales o progresistas, todas ellas en el común propósito de degradar al ser humano a un trozo de carne y expulsar a Cristo definitivamente de la conciencia social y, especiecialmente, del corazón de nuestros más pequeños. Clama al cielo encontrar a supuestos católicos apoyar a neo progresistas que abiertamente han decidido eliminar la asignatura de nuestra cultura en la única religión verdadera. Es una perversión presentar a quienes pagan con nuestros impuestos los nefandos crímenes que cada día se producen en las tenebrosas clínicas abortivas, y proponen seguir haciéndol, como esperanza social, en nuestro caso canaria. Resulta una verdadera perversión haber reducido la verdad y doctrina de nuestra fe a un folclore cultural; flores y perlas que pisotean aquellos cerdos que hoy se vuelven contra nosotros. Es impresentable que importantes personalidades de instituciones católicas den su bendición aquellos bajo cuyas siglas se combate abiertamente a Cristo y a su Iglesia.

Quizás llegará el momento, actual en tantos lugares del mundo, en el que, tú loco que te atreves a leer estas lineas y yo loco que las escribo, debamos regar nuestra sangre por tanto pecado de tibieza y omisión, como tantas veces en la historia, solo para gloria de Dios y su Iglesia.

Y es que la historia, más aun cuando queda en el olvido, siempre se repite. Y si no lean lo que D. Ramiro de Maeztu escribió hace ya más de ochenta años, como si lo hubiera escrito ayer especialmente para ti y para mi:

“Es evidente que todos nuestros males se reducen a uno solo: la pérdida de nuestra idea nacional. Nuestro ideal se cifraba en la fe y en su difusión por el haz de la tierra. Al quebranto de la fe siguió la indiferencia. Si la chispa de nuestra alma no se identifica con la Cruz, mucho menos con ese imperativo categórico que solo nos obligaría a desear la felicidad del mayor número, aunque el mayor número se compusiera de cínicos e hijos del placer. A falta de ideal colectivo nos contentamos con vivir como podemos.”

Hoy el Católico, no el que se dice católico, sino el Católico con mayúsculas, aquel que acepta íntegro el Magisterio y la Tradición de la Iglesia sin perros ni remedios y los hace vida; ese Católico ya no puede contentarse con vivir como pueda, sino que es exigencia que viva plenamente como Católico y muera como debe, que en el Cielo nos encontraremos y allí será nuestra dicha.