CARAS

La confesionalidad católica de una persona conlleva el reconocerla como honrada, solidaria, persecutora del bien común, respetuosa con la dignidad de todo ser humano al que reconoce como imagen de Dios y convencida de que la justicia social es un imperativo de la acción social comprometida del cristiano.

Bien es cierto que no basta con esgrimir de palabra y ritualmente tal confesionalidad. Bien es cierto que siempre encontraremos farsantes, traidores y lobos disfrazados con piel de cordero que pretendan esgrimir tal confesionalidas (en estos casos siempre que les fuera a aportar algún beneficio calculado). Pero también es cierto que fuera de la confesionalidad católica quedamos al desamparo de la suerte de toparnos con almás generosas y de recto corazón. Y digo desamparo porque la realidad se presenta abrumadora con respecto a los datos de quienes administran y ostentan poder entre nosotros.

Nuestra sociedad ha visto como más que una clase, una casta de políticos desinteresados de los problemas reales del pueblo pugnan no por la realización del bien común, ni tan siquiera del bien general sino po lo que a ellos les parece o les viene bien, desbordandose la situación con un saco inmenso de casos de corrupción, prevaricación, vulneración de derechos fundamentales y otras componendas para beneficiar únicamente a los suyos y afines.

Esta sociedad en la que hemos visto como en el colmo de las injusticias y de lo inimaginable, el poder económico ha usurpado y violado el más preciado bien de la familia, el hogar; miles de familias, que, invirtiendo sus ahorros en una vivienda, al verse imposibilitadas a afrontar el pago de intereses y amortización de la misma, han visto como aquellos mismos a los que entregaron sus ahorros, se han quedado con la vivienda y además les adeudan el importe de la misma vivienda que ya no es suya: indignante, abominable, demoníaco. Pensionistas y ancianos a los que por demás de la picaresca, siempre española, que les engaña con un seguro, el tubo del gas o la revisión de un contador, han visto como aquellos directores de banca siguiendo las instrucciones de los poderosos del capital y ante la indiferencia de gobernantes y públicos administradores, se han quedado por la cara con todos sus ahorros; esto, señores, es un latrocinio y aquellos que lo han procurado y permitido ladrones y complices necesarios.

Pero, o no aprendemos la lección o bien es que al final tenemos lo que merecemos. Nos acercamos a nuevas elecciones y lo único que nos encontramos son con caras, más o menos bonitas, que intentan sacar la máxima expresión de bondad electoralista, acompañadas en su caso de algún eslogan o declaración de aptitudes: crecer, para todos, podremos, cambio, u otras memeces del estilo. Digo memeces porque son simplezas vacias de contenido y compromiso que la propia historia de la democracia española se ha encargado de desacreditar.

Caras y más caras, acompañadas de unas siglas y unas letras o palabras carentes de contenido. Realmente no sabemos la cualificación de las personas que reclaman nuestro voto, ignoramos sus principios y valores, sus antecedentes, que es lo que piensan realmente de la moral y fundamentos de esta España cristiana y católica, y lo que no deja de ser importante, desconocemos completamente como se ganan la vida ellos y cuantos les rodean o acompañan.

Sin embargo, si contrato a alguien para mi empresa o negocio, le exijo un currículum y referencias, me importa su aspecto aunque quizás no tanto como su capacidad de trabajo, su honradez, sus principios y fundamentos humanos, su voluntad de esfuerzo y sacrificio, y entrevisto y examino a unos y a otras hasta que doy con la persona que creo idonea para el puesto referido. Pero para administrar nuestros bienes, para dirigir y gobernar nuestra nación, tutelar la moral de nuestros jóvenes, la seguridad y cuidado de nuestro mayores, nuestro énfasis queda en el prejuicio y la significación, antes política, de unas siglas y algunas bonitas caras.

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Caras, quizás caretas, buenas, bondadosas, caras atrevidas, algunas sospechosas, pero en general caras en las que depositamos la esperanza de que nos toque como una lotería en la que aparezca aquel o aquella que verdaderamente se preocupe de que no haya ni un español sin hogar, sin trabajo, sin alimento; aquel o aquella que se preocupe por la calidad humana de nuestros jóvenes, que le importe verdaderamente que en nuestras escuelas se forjen hombres y mujeres del mañana y no personal para contratación; aquel o aquella que imponga la honradez, la vida y el bien común por encima de cualquier circustancia e interés, y sepa reconocer que somos dignos no porque sus leyes quiran reconocernos así, sino porque hay un Dios que es Padre y que es Amor y que nos reconoce como hijos suyos, sin distinción, y ante el que deberemos responder por cada una de nuestras acciones.

Caras que son personas, ¿creyentes? ¿honradas? ¿dignas y de alta moral? ¿Cualificadas y dispuestas a servir a la nación que les contrata? Quien sabe. Yo ruego a Dios que así sean y rezo por ellos cada día.