¿Catequistas o catecúmenos?

Ayer teníamos una conversación distendida sobre la necesidad de conocer la doctrina de la fe que profesamos. Algunos se quejaban de que la jerarquía no toma partido en las cuestiones vitales de la vida social, otros reclamaban textos que puedan indicarnos fielmente el depósito de nuestra fe; yo, por una vez simplón simplón exclamaba: ¡catecismo, catecismo!

Y es que uno de los grandes males por los que atraviesa nuestra Iglesia es la insondable ignorancia doctrinal en la que mayoritariamente esta embuído el mundo seglar.

Pareciera que la inmensa mayoría de los católicos debiéramos volver a embarcarnos, esta vez en un serio proceso catequético como catecúmenos. Una de nuestras principales obligaciones para con la Iglesia, y para con nosotros mismos, debiera ser el conocimiento profundo de la doctrina que, supuestamente, profesamos y que debiéramos exponer abierta y valientemente en público y en privado, a tiempo y a destiempo.

El Catecismo de la Iglesia Católica es un regalo maravilloso que el Espíritu Santo nos ha procurado. Tenedlo siempre a mano, es el aceite de nuestras alcuzas, la piedra para afilar la espada de la palabra. Debe ser nuestro libro de referencia después de las Sagradas Escrituras; acudid a él sobre  cualquier tema, lo encontrareis clarificado y  con innumerables referencias que os llevarán, si fuere menester, a documentos eclesiales y magisteriales donde profundizar en la doctrina.

A modo de ejemplo, propongo algunas perlas sobre distintos temas de actualidad, es muy fácil encontrar cualquier cuestión suscitada, a través del índice analítico, el general y enriquecerse con el índice de textos:

* Creados a la vez el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro. Son queridos por Dios en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas.

* El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas. Es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico.

* Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios.

* La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios. La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. Solo se ejerce legítimamente si busca el bien común. La comunidad política y la autoridad pública pertenecen al orden querido por Dios.

* Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Deben ser acogidos con respeto compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad, y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.