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El huevo de la gallina

Hoy una cuestión, que considero de suma importancia, se ha asumido, en la práctica pastoral y docente, como conciliable con la doctrina católica y se enseña en distintas cátedras y centros de formación católica en sus distintos niveles[1].

Estoy hablando de la realidad histórica de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y a las consecuencias que a nivel teológico y doctrinal se derivan principalmente en la doctrina sobre el pecado original y por consecuencia de toda la economía salvífica incluido el misterio de la encarnación y redención, que algunos no solo ponen en duda sino que desbaratan la tradicional y sana interpretación enseñando que Adán y Eva son términos que tan solo se refieren a un número mayor e indeterminado de parejas de seres humanos de la era moderna de los cuales todo el género humano procederíamos, o en su caso que Adán se refiere tan solo a la humanidad en su complejo e indeterminado origen [2].

Esta tesitura se apoya, injustificadamente, en aquellas teorías científicas llamadas “poligenistas” las cuales, aun en contra de muchos indicadores científicos, afirman, de una forma u otra, la necesidad de múltiples parejas de “homos” en una comunidad primogénita o de diversas comunidades de las cuales el género humano actual procedería. Decimos injustificadamente, primero porque aquellas teorías poligenistas no son más que teorías y opiniones que cambian y se adaptan a cada momento según los descubrimientos paleontológicos, que por escasos, se van hallando y que, más bien apuntan, por necesidad cromosomáticas y registros paleontológicos, a un individuo varón original y un individuo hembra original, es decir, a una pareja singular y precisa de la cual el género humano tal y como lo conocemos en la actualidad se haya desarrollado y multiplicado en la última etapa de nuestra historia.

Por otro lado es injustificado apelar a la teoría y opinión científica allá donde ésta no puede llegar y, cuanto más, supeditar la doctrina revelada a la misma teoría científica siendo que el objeto mismo de la ciencia jamás podrá declarar sobre lo que es exclusivo objeto de la fe y la teología; esto es, la identificación de los primeros seres humanos como aquellos primeros individuos que responderían a la cristiana antropología de espíritu encarnado, es decir, a la identificación del primer ser  humano como aquel a quien Dios creó directamente y sin mediación en su realidad espiritual, esto es el alma, y al cual formó del mismo “polvo de la tierra”[3], esto es su realidad corporal.

Hoy parece que la verdad y la misma ciencia se apoyan y fundamentan en la opinión generalizada o predominante. Pero ni el ser humano fue apareciendo poco a poco de distinta forma y manera a lo largo de la historia, evolucionando y adaptándose al medio (los registros fósiles no dicen eso, sino que aparecen al norte de Kenia y a través de la historia se expande desde Asia Menor hacia Europa), ni a los monos se les cayó el pelo al mismo tiempo.

Hoy escuchamos a personajes relevantes asegurar que sin duda alguna hay vida en otros planetas, mintiendo u omitiendo los datos y estudios científicos serios que presentan la singularidad que supone nuestra existencia y las grandes dificultades de encontrar otro planeta similar a nuestra actual Tierra.

Quizás hay un interés extremo de despojarnos de la dignidad que supone considerarnos imagen y semejanza de Dios. Hijos de Dios llamados a una divinidad que alcanzaremos en la inmortal eternidad que esperamos.

Quizás algunos poderosos ganaran algo si nos llegan a convencer de que no somos más que piedras a las que fruto de la casualidad de los tiempos les han surgido brazos y piernas y cierta capacidad intelectiva; monos evolucionados que seguramente tendrán el valor que la eficacia de su evolución les pueda proporcionar.

El eterno dilema entre el huevo de la gallina. No cabe duda que primero fue el huevo, una gallina no es gallina si no nace de un huevo. Igual ocurre con las especies. Lo que caracteriza a una especie es su capacidad de reproducirse con los miembros de su misma especie. Si de una cierta especie (Astrolopitecus) nace un miembro de otra especie (Homo), no ha habido evolución, sino transformación. Y esta transformación es la que posiblemente nos presenta la alegoría del barro y la costilla del Génesis.

No hay miedo alguno para aquellos que buscamos la Verdad y creemos en el Dios de la Verdad y la Vida. La Verdad no puede ser contradecida. La Ciencia (mayúscula) forma parte de la Verdad, no es toda la Verdad pero forma parte de ella, y es el vehículo maravilloso y expectacular de descubrir los dedos amoroso de ese Dios que nos ha llamado a la existencia.

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[1] Esta cuestión no es nueva, pero parece que de hecho se agrava con el tiempo. Así lo denunciaba ya en 1993 Juan Pablo II en la Carta Encíclica Fides et Ratio 4.3: “Particularmente hay que destacar la discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teológicas –difundidas incluso en Seminarios y Facultades teológicas- sobre cuestiones de máxima importancia para la Iglesia y la vida de fe de los cristianos, así como para la misma convivencia humana.”

[2] “Muchos piensan que, a la luz de la historia de la evolución, no habría ya lugar para la doctrina de un primer pecado, que después se difundiría en toda la historia de la humanidad. , en consecuencia, también la cuestión de la Redención y del Redentor perdería su fundamento.” S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 3 de Diciembre de 2008. “El pecado original en la enseñanza de San Pablo.”

[3] Esta expresión es sacada directamente del libro del Génesis. En Gen 2,7 se diferencia claramente dos acciones divinas que convierten al primer hombre en ser vivo: una, la insuflación del aliento de vida donde reconocemos la acción directa y personal de Dios en la creación del alma humana; otra la modelación del hombre del polvo del suelo, en la cual bien entendemos que el hombre ha sido formado mediante un proceso (modelado) que no es ajeno a la misma tierra de la cual toda la naturaleza de nuestro planeta procede. El hombre es modelado y creado en el mismo origen terrenal que se anticipaba en Gen 1, 24 para el resto de seres vivos “produzca la tierra seres vivientes”, no es extraño a la naturaleza terrenal, no procede en su realidad material de otra realidad ajena o diferente al planeta Tierra. El texto de Gen 3,19 es esclarecedor a este respecto: “hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado”.

Dioses de la inmortalidad.

 

En medio del relativismo moral que ha impuesto la sociedad postmoderna del siglo XXI las profundas preguntas que, en otro tiempo, buscaban el sentido último de nuestra existencia parecen, hoy,  haber perdido todo interés. ¿Quiénes somos? ¿Para qué somos? ¿A donde vamos?

En la conciencia social actual todo da igual, y el hombre, ciertos hombres en realidad, se han erigido dueños de los destinos comunes de toda la humanidad, sin que a ésta parezca preocuparle lo más mínimo ni qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, ni qué hijos vamos a dejar a este mundo.

Los grandes mitos de las aberraciones históricas han caído. Los grandes horrores contra la humanidad ya no lo son. ¿Que quienes somos?; ¿Y qué más da?: “lo que algunos quieran que seamos con tal que nos dejen hoy casi en paz.”

Y es que en medio del sistemático genocidio del humano no nacido, de la aberrante diferencia entre las sociedades ricas y pobres que dejan cada día más de 15000 niños (éstos si nacidos) muertos por causas directas del hambre, de la pérdida moral y de principios que un día sustentaron y dieron esperanza a los que con su trabajo hicieron posible nuestra existencia presente; en medio de la aberrante inmoralidad transmutada contemporaneamente desde Sodoma y Gomorra, nadie (salvo unos pocos cada día más raros y radicales) se pregunta por la verdad de nuestra existencia y por la verdad de nuestra identidad.

La antropología cristiana ha ofrecido durante casi 2000 años una respuesta fundamental a nuestra existencia, dignidad e identidad: somos imagen del Dios creador, frutos de un acto de amor, somos amados y nos ha sido dada la existencia para encontrar el amor y realizarnos en el amor, y alcanzar más allá de este espacio y este tiempo la vida eterna divinizada en el amor.

Sin embargo, la respuesta del amor no convence a los poderosos, aterra a los promiscuos y crea un pusilánime rechazo en una mayoría social convencida de que el hedonismo y el nihilismo son verdaderos caminos de felicidad.

Sí, debemos pensar que estas actitudes son normales, incluso justificadas, pero solo en aquellos que han optado por excluir el verdadero Amor de sus vidas. Porque claro, aceptar a ese Dios Padre y creador de todas las cosas, a ese Dios que es Amor, significa limitar el poder de los poderosos, repartir lar riquezas de los ricos, imponer la paz frente a los intereses de algunos, erradicar el egoísmo, la envidia y la soberbia, y con ellos el hambre, la guerra y la desigual dignidad de los seres humanos.

Pero el mundo va por otro camino. Hace unos días científicos ingleses han solicitado que se les autorice la experimentación genética con embriones humanos. Esta solicitud reconoce implícitamente que ya experimentan con seres humanos en estado embrionario, aunque aún no genéticamente. Sus razones eran de peso: es necesaria la manipulación genética en embriones humanos para seguir avanzando en las investigaciones de multitud de proyectos, y además, ¡los chinos ya lo están haciendo!

Y lo grave no es esto. Lo grave es que no nos importa, que esta noticia pasa inadvertida ante la indiferencia de la mayoría. Que alguien ha decidido que los embriones humanos no son humanos, o que no tienen derecho a la vida y a su propia identidad; ¿y qué?, responde la mayoría.

Algunos deciden en cada momento lo que somos o podemos ser y no nos importa. Llegaremos a subir con placer, como corderos llevados al matadero, en aquellos vagones que un día se dirigieron hacia Auschwitz.

Algún día alguien decidirá que los concebidos in-vitro, o en placenta artificial, o los que nazcan y nadie los quiera, o los altos, o los bajos, u otra vez los judíos, no son más que “agnates” y comercializarán sus órganos, o los esclavizarán, o los exterminarán; ¿y qué?, contestara la mayoría.

Porque al ser humano le da igual ya ser humano, y está dispuesto a ser lo que otros decidan que sea. Inventemos pues “hamburguesas de colores para niños de Sodoma”. Niños que no son niños, porque falló el genetista y tienen 3 orejas o 4 ojos.

Si Dios ha muerto, el hombre se erige en el propio Dios de su destino y existencia. Pero el árbol de la vida quedo atrás, en el Paraíso, custodiado por querubines y la llama de espada vibrante. Quizás por ello tanto interés en pervertir la moral y las conciencias hasta de los mismos ángeles. Quizás ese es el único interés de los poderosos capaces de destruir el mundo y a todo ser humano con tal de descubrir el Santo Grial, la panacea de la vida, el gen del rejuvenecimiento y la inmortalidad. Solo eso les falta para creerse verdaderos dioses de la inmortalidad.

 

 

Cuando contemplo el Cielo!

Me gusta mirar al cielo en las noches estrelladas.

Me gusta escudriñar en los abismos, quizás al encuentro de una nueva estrella de Belén.

Cuando contemplo la profundidad inconmensurable de los cielos te encuentro a tí, mi Dios, Creador y Señor de todas las cosas. Contemplo tus manos que tejen la vida, cada rincón del Universo. Todo está impregnado de Tí, y sin Tí, sin tu Santo Espíritu todo se desvanece.

Contemplo las estrellas y analizo la química con que las sostienes. Soy capaz, ya sin mucho esfuerzo, de identificar las huellas de tus dedos a través de la luz que cruzando los tiempos ha llegado hasta nosotros. Luz que nos habla de tu hacer, de tus formas, de tu manera de pensar. Luz que proviene de cercano tiempo al primer día.

Y tu Señor, que te muestras de esta forma, plácida y paciente, decidiste quedarte aquí junto a nosotros dos, que no somos nada, en el más insignificante de los planetas, junto a la más insignificante de las estrellas, en las más insignificantes especies del trigo y la vid, para significarlo todo.

This image of the unusual planetary nebula was obtained using ESO’s Very Large Telescope at the Paranal Observatory in Chile. In the heart of this colourful nebula lies a unique object consisting of two white dwarf stars, each with a mass a little less than that of the Sun. These stars are expected to slowly draw closer to each other and merge in around 700 million years. This event will create a dazzling supernova of Type Ia and destroy both stars.

Somos espíritu divino e inmortal…

Si en www.unioncatolica.com hemos asumido como referente de nuestra identidad y misión el juramento antimodernista promulgado por San Pío X es porque en el se condensa, si no todos los errores doctrinales, morales y sociales que hoy venimos padeciendo cada día con mayor visceralidad, sí enuncia unas verdades que abandonadas y unos errores que aceptados son las raíces de todos ellos.

No podemos eludir que es el hombre en sí mismo el que se realiza en la Historia. No podemos dejar a un lado la configuración ontológica del ser humano, de todo ser humano, pues desde esa consideración dependerá la posibilidad real de alcanzar la verdad o hundirse en el error. Es decir, si partimos de una concepción del ser humano errónea no será posible alcanzar la Verdad que buscamos, ya que el camino del error no puede sino llevarnos a errar aunque en algún caso atisbemos parcialidades acertadas.

Si admitimos aquellas concepciones que nos invitan a creer que el ser humano no es más que mera manifestación casual de una naturaleza azarosa que siempre ha estado ahí o que apareció también azarosamente de la nada, aunque de la nada no podría ser, ya que la nada nada es y nada de ella puede aparecer o no sería nada. Si creemos que nuestra existencia y experiencia de ser no traspasa el azaroso sin sentido existencial del desarrollo químico subatómico. Entonces, no podemos cosiderarnos, a nosotros mismos y a todo ser humano, más que mera materia, objetos o utensilios con ciertas capacidades que gozarán de una cierta dignidad, siempre limitada, en función de su utilidad o poder. Utilidad y poder, son las dos únicas medidas de dignidad para la intrascendencia humana, en la que todo se supedita al interés de los poderosos y la finalidad que los mismos establecen, sin limitación alguna, pues tan sólo de química orgánica estaríamos tratando.

Ahora bien, tales presupuestos son del todo erróneos. La propia experiencia vital los contradicen. En nuestra experiencia cotidiana no todo es bioquímica: el amor, la lealtad, la amistad, el valor, la bondades, etc; bien sabemos no son productos metabólicos, no hay química ni violencia que pueda someterlos.

Si por un lado admitimos que nuestra propia experiencia nos exige reconocer la dimensión espiritual de nuestra existencia, aunque siempre cabrá negarla en la obcecación de nuestra libertad, por otro lado afirmamos que la luz de la razón también nos lleva a reconocer, a través de la creación, al Espíritu Divino, origen de todo lo existente. Por medio de la percepción sensible de todas las cosas, la razón nos capacita para conocer a Dios y demostrar su existencia. La misma ciencia, liberada de todo prejuicio, es el más maravilloso camino de conocimiento del Autor a través de sus obras.

La trascendencia del hombre y su cualitativa identidad espiritual son, pues, los fundamentos sobre los que la recta razón eregirá el edificio del sentido de nuestra existencia social, iluminada, como veremos, por la fe que nos permite conocer más perfectamente a través de la Revelación aquello que la razón sólo atisba a descubrir.

Porque no somos piedras, ni polvo, ni barro, aunque participamos de ello. No somos carne que pueda ser pesada, troceada ó puesta en precio. Pués somos, por la gracia que nos mereció Jesucristo, Espíritu Divino e inmortal.

Vanidad de vanidades!

Nada nuevo hay bajo el sol.

Cada día trae sus propias preocupaciones, pero sólo  una es importante.

Hoy no parece que se identifique la importancia de lo espiritual como dimensión antropológica del ser humano.

Vanidad de vanidades, mil millones de historias de la humanidad no son capaces de mover un hilo en el destino de lo universal, del universo que hoy podemos atisbar a observar.

Sólo una cosa es importante, es aquello que acaba con la vanidad, el destino de lo espiritual.

Hace unos días me decían que andaba metido en política, quizás porque me pierde el celo por la salvación de las almas, especialmente la de aquellas a las que debo un aprecio especial. Yo no creó que el celo por las almas sea política, aunque también la política tenga carácter divino.

Si no nos preocupamos por las almas, primero por la nuestra porque un ciego no puede guiar a otro ciego, caemos en los razonamientos relativistas y ultramodernistas que imponen la vanidad como sentido último de la existencia, caemos un modo de vida que realmente responde a un sin sentido trascendental.

Sin espíritu no somos, ni piedra ni nada. Sin espíritu todo es vanidad. Tu y yo no somos, y los malos, los malos de verdad ya han ganado la partida. Sin espíritu el amor es falacia química, un defecto de la evolución.

Pero bien sabemos tú y yo, que nada es vanidad, que Dios ha visitado a su pueblo, y lo ha salvado de la oscura vanidad!